Me va a pedir algo, esa expresión dulce la conozco. Conozco esa mirada directa, dulcerisueña, aparentemente franca...
- ¿No vas a hablar ya de mí en tu blog?
- Si luego no te gusta lo que cuento...
- Pues di cosas chulas y sí me gustará.
- Ah, pues dime qué quieres que diga, para acertar seguro. No es preciso que me dictes, dime las lineas básicas y ya lo adorno yo.
- ¡Qué tonto! Así no vale, te ha de nacer a ti.
- Vale, pues contaré lo que me nazca.
- Eh, eh, para ¿qué vas a contar?
- Nada, si no quieres, nada.
- Sí que quiero, jajajaja, pero que sea chulo.
- Verás como te encanta.
- Huyyy...
María y sus embustes tecnológicos.
Dios no quiso dotar a María de amor por la tecnología. Las máquinas y ella se repelen mutuamente, es algo asombroso.
Vamos viajando, conduzco yo (para variar). Tras el cortesía obliga de preguntarme: "¿quieres que conduzca un rato?", que siempre me hace reír por dentro, porque las veces que estaba hecho polvo y le he dicho: "sí, píllalo un rato y descanso", se le ha demacrado la cara ipso facto, a ojos vista le he visto crecer ojeras, palidecer y nublársele la mirada.
Vamos viajando, conduzco yo (para variar) y María se encarga de la radio, que pierde frecuencias al ir de camino. A ratos canturreo en espanglis lo que suena, luego me descojono un rato al oír que al sevillano Montilla, sultán de la catalanidad, comandante de almogávares, le ponen traductor en el senado para hablar con un cordobés. 6.500 chapas vale la bufonada. No se rían, no, los matices entre el zeviyano y er cordobé no zon cosha a despreshiar. Este país no puede existir. Lo último que oigo es a un locutor mercenario diciendo que el estado de las autonomías está muy bien, que quizás quizás, algún pequeño retoquillo de nada, pero que vivimos en una democracia multicultural y bla bla bla... Al rato me extraño de no oír música ni sandeces y miro la radio. El dial corre loco sin detenerse en ninguna emisora. Metido en su bucle va del ochenta y tantos al ciento no sé cuántos y vuelta a empezar. María mirando el paisaje... la inocencia personificada.
- ¿Qué has hecho con la radio?
- ¿Yooo? Nadaaa. Huy, sí que es raro lo que hace, sí... Las máquinas hacen lo que les da la gana.
- María, te he visto toquetear. Si no me dices qué botón has tocado no sabremos que botón destocar.
- Que yo no he tocado nada, que hace lo que le da la gana.
- María: eres incapaz de ver un botón y no apretarlo, es superior a tus fuerzas, dime qué botón fue el último que te llamo la atención.
- ¡Yo no he sido! No me acuerdo...
Se soluciona el asunto apagando la radio y volviéndola a encender. Lo de siempre: sal y vuelve a entrar. Lo que me fastidia, lo que me pone de los nervios es que lo niegue, porque por las mismas, cada vez que se carga el ordenador, me lleva el triple de tiempo desfacer el entuerto al no decirme qué cojones ha tocado, al negar haber tocado ella nada e insistir en que las máquinas tienen vida propia. Y la he visto; he visto surgir una ventana en el ordenador, con un mensaje para mí incomprensible, haber en la ventana las opciones "yes" y "no", e írsele el dedo como magnetizado a pulsar un yes que no tiene ni puta idea de adónde nos va a llevar. Las máquinas es que van provocando.
La "cafetaria" secreta.
Un gran clásico. María cree que el mundo es Salzburgo o Alsacia y las pequeñas plazas empedradas, fuente en medio, sombrillas y fincas bajas de balcones de madera con flores, ocultan siempre una cafetería "con encanto", en la cual pasar grato momento tomando algo. María cree que eso existe viajando por el páramo castellano, donde según el poeta, abunda el hombre malo del campo y de la aldea, que bajo el pardo sayo esconde un alma fea.
Todo empezó en Lisboa. Estuvimos en el café que frecuentaba Pessoa y aquello era hechizante, la atmósfera, todo. María siempre se pone a chapurrear la lengua de allá donde viaja, les juro que la he visto hablar como en unos 8 ó 9 idiomas, aunque nadie la entienda y haya que acabar en el inglés. No quieran saber cuando hemos estado en Vascongadas, que no la han hecho académica de la euskal akademia, o cómo se llame, de milagro. Pues María ya hablaba portugués mejor que Eça de Queiroz, en dos días, la tía, un fenómeno. Joder, si es que me hablaba en portugués a mí, que debíamos parecer el sevillano Montilla hablándole en catalán al cordobés. Se lo dije: como me sigas hablando en portugués voy a fantasear con que me follo a María de Medeiros, avisada vas. Le dio igual. A mí también.
Así que María decidió que el mundo estaba lleno de "cafetarias" mágicas, en portugués en el original.
Viajábamos por el Alentejo portugués, páramo suavizado por el verdor que trae la humedad del Atlántico, decidimos parar a buscar pensión para hacer noche. María dijo: "Vale, pero donde haya una cafetaria chula y tomamos algo antes de dormir". Una puta hora más tarde seguía conduciendo, pasando pueblo tras pueblo, y la puta cafetaria mágica no aparecía, yo hasta los cojones de tantos kilómetros y María insistiendo en que por allí debía estar, en el próximo pueblo, seguramente. Me cabreé y le dije que la cafetaria secreta sólo existía en su imaginación.
A lo largo de los viajes posteriores, el fantasma de la cafetaria secreta siempre nos ha perseguido. Está ahí, como la utopía, siempre un paso por delante nuestro, casi al alcance, pero siempre inalcanzable. Está en la Taiga, en el desierto, en el fondo de los fiordos y en mitad de un glaciar. Hay quien persigue una idea, hay quien persigue cafetarias. Yo soy de los segundos, no por voluntad propia.
María glotona.
Viajando por el páramo castellano: podríamos parar a comer...ya es hora. Me mira enigmática y caigo: No, María, no me jodas con la cafetaria secreta en mitad de la estepa esta... Se ríe, jajajaja: no, jajaja, eso es para tomar algo, para comer me da igual. Es lo que tiene mi niña, que me come tan bien. Restaurante. Paramos. Aún no he entrado y ya sé lo que va a pedir María, algo de capacidad telepática voy consiguiendo: veo un cartel que pone "PIDA NUESTRO PECHUGAZO", y sé que el término "pechugazo" y María, se van a atraer en plan historia de amor fou. Una vez nos comimos una suela de zapato inmasticable, porque lo anunciaban como "Buey en salsa" y María quería comerse hasta los cuernos del animalito. No tarda en detectarlo: "Halaaa, ¿has visto eso del pechugazo?" Presenta los síntomas: piel y ojos brillantes, pupilas dilatadas, cuadro de ansiedad, juraría que hasta le tiemblan, le aletean las paredes del tabique nasal esforzándose por oler ya el pechugazo.
El pechugazo resulta ser un bocadillo descomunal, con una pechuga que debe ser de pterodáctilo, con bacón abundante y untado todo de mayonesa. Da gusto verla tan feliz, de verdad, con la risa tonta y la expresión de éxtasis. Aún se hace un poco la tonta, como si fuese a convencer a alguien: "Huy, esto tan grande no sé si me lo podré comer entero..." 10 minutos más tarde tentado estoy de decirle que por favor, que le pido otro, pero que no se coma la servilleta, que no me haga pasar esa vergüenza. Se va a poner mala, lo sé y lo sabe, pero no puede evitarlo: "esto está...está...de morirse..."
Volviendo, a gomitar, estaba cantado. Si esta señorita fuese una osa y tuviese que hibernar yo no sé lo que podría llegar a comerse antes de la hibernada. Hasta los cuernos del buey y el resto del rebaño.
Espero te guste, querida.
Va, te pongo una canción y suavizo el enfado: Mira el señor este argentino, que ganas le pone, el abuelo:
El Desclasado ha hablado y se prepara para una hibernación sexual, que aprovecharé para dedicarme a la reflexión.






