Cada vez que veo las noticias me cabreo. Ahora una huelga de funcionarios, mal planteada, peor explicada, convocada por unos sindicatos que son parte del sistema y en los que no creen ideológicamente ni quienes viven de ellos. Crónica de un fracaso anunciado. Ves los telediarios, escuchas la radio y más de lo mismo: el "mercado" como fuerza mística que dirige nuestras vidas, al que se han de supeditar gobiernos, servicios sociales, educación, sanidad y bienestar. Todo sea por tener contentos a "los inversores", claro. Te hablan del Ibex 35 como si fuera lo más sabido del mundo. Pretenden que rías o llores si el Ibex sube o baja. Esto no tiene más solución que derrumbarlo todo y empezar de nuevo, el grado de gangrena es incurable. Hay que amputar.
Mejor cuento una gamberrada y me distraigo.
Tuve un jefe especialmente gilipollas. No es envidia en plan lucha de clases, todos-los-jefes-son-malos, era rematadamente gilipollas. De lo que se suele llamar "muy buena familia", lo habían colocado de jefazo y jugaba a ejecutivo innovador. Al tío le dio por utilizar técnicas gringas de formación. Ya saben, eso de meterte en cursillos donde te fuerzan a fingir personalidades, asertividad, competitividad, falta de escrúpulos para pisar a los demás....todas esas gilipolleces que si no crees, por mucho que te enseñen en un cursillo no vas a asumir como normas de vida. Hasta los cojones acabé de la asertividad. Para acabarlo de rematar los cursos eran de una semana interno en una residencia de una orden religiosa. Así que durante una semana deambulabas entre "padres y hermanos", aspirantes a ejecutivo y notas medio jipis camuflados como yo. El curso que nos va a ocupar se llamaba "formador de formadores", nombre que denotaba la infinita modestia nada pretenciosa del subnormal que se inventó el nombre. Un curso para dirigir recursos humanos y tal. Para saber organizar equipos de trabajo y bla bla bla.
Llegué con mi coche un lunes por la mañana a la residencia. Nos juntaron a todos en el hall e impartieron instrucciones: las habitaciones eran de dos personas, así que debiéramos juntarnos, sin conocernos, en parejas para coger habitación. Miré a las chicas y pensé que no, que mejor no empezaba pegando un cante para cagarse, que habría tiempo de cantar con toda la semana por delante. En realidad lo que pensé es que ninguna me iba a decir: "Si, vale, cogemos habitación juntos". Nunca lo sabré. Llevaba una chaqueta de alpinismo. Se me acercó un chico bajito, prematuramente calvo, sonrisa abierta, cara muy simpática. Llevaba una chaqueta de alpinismo. ¿Tú haces montaña?, me preguntó. "Jajaja, hasta dónde llego, sí", le contesté. ¿Pillamos habitación juntos? Hecho.
Pongamos que se llamaba Xisco. Conectamos de inmediato. Llegamos a la habitación asignada y Xisco cogió un cuadro de la virgen -no sé de cuál- que había colgado en la pared y lo metió en un cajón. "Es que me da mal rollo, ¿te importa? " "No, no, me da igual que esté que que no esté, no tengo manías a favor ni en contra". Parecía claro que Xisco era más jipi que yo. Me gustaba y no me equivoqué: hicimos amistad que conservamos después del curso.
Primera mañana de curso. Un sicólogo gafotas. Yo creo que ya me han tomado manía, porque me hacen salir a defender el uso vicioso de las drogas. Como se lo cuento. Allí, en medio de un círculo formado por todos los cursillistas, debo debatir con otros 3 que defienden que la dronga e mu shunga. Protesto: "esto no es serio, no puedo defender algo que no creo y tal". Denegada la protesta: se trata de eso: de que sea capaz de convencer de cualquier cosa. Vale, tío, sea. Creo que esa noche se fueron la mitad de los cursillistas a comprar dronga. Me aplaudieron. El sicólogo me miraba extrañado. Creo que lo que se pretendía era la humillación, no el triunfo. Xisco defendió algo más fácil, que no recuerdo, pero también lo pusieron a defender contra 3 y estuvo brillante. Nos habían cogido manía fijo. Nos reíamos demasiado, habiendo acabado de conocernos. Y no debía ser eso, no. Debíamos recelar unos de otros, enfrentarnos, competir, no hacernos colegotas.
Hora de la comida. Xisco y yo convinimos que esto era una mierda sectaria. Nos cascamos una botella de vino mientras el resto de aspirantes a ejecutivos nos miraban intrigados. Pasó lo previsible: se nos arrimaron los afines. Supongo que irradiábamos un foco de resistencia no resistente, simpática. Como si lleváramos escrito en la frente: "no me creo una mierda de esta reputa mierda, pero sé hacerlo". Los "afines" resultaron ser un tipo de Castellón que estaba como un cencerro, muy simpático también, y un chaval madrileño tirando a tímido, pero que, se veía a la legua, se creía esto menos que nosotros. Tías ni una. Querrían ser todas grandes ejecutivas. O igual es que éramos tirando a feos y con pinta de "quemar" si te arrimabas a nosotros. Quemar para ser seleccionado, quiero decir.
Curso de tarde. Mierda igual. Negar a ultranza una evidencia. Cosas así.
Cena. Ya somos 4, como los mosqueteros. El número nos hace crecernos. El vino va que vuela. Los frailes o lo que fuesen, no ponen reparos en servir. Has de ir tú a por las botellas, es autoservicio. Pero siempre te dan.
Habitación. Xisco: "¿tú fumas porros?". "Jajajaja, escasas veces, se me va mucho la pinza". "¿Te importa que yo...?" Joder, tío, ándale". Saca una bolsa de María para dopar a una batallón de cosacos. "Me la crío yo". "Joder, igual luego la pruebo, pero...¿sabes qué voy a hacer?" "¿Qué?" "Robar vino de la cocina, he visto la puerta trasera y está abierta". "Cabrón, jajajaja, espera, espera que me fume el porro y vamos a pegar el palo".
Cocina. Nos sentimos morbósamente ladrones. Entramos sin hacer ruido y todas esas cosas. Una sombra, joder, hay alguien. La hostia, es el de Castellón. ¿Pero, cabrón, qué haces aquí? Le da un ataque de risa que tiene que taparse la boca. Robar vino, estaba robando vino. Me da a mí el ataque de risa. Nos tenemos que salir de la cocina. Nos alejamos por un jardín inmenso. A distancia nos partimos de risa, a carcajadas. Cabrón- le digo- por la risa que nos ha dado no hemos robado ni tú ni nosotros. Espera- me dice- Avanzamos un poco por el jardín y encontramos al madrileño, cómplice tímido, con unas cuantas botellas de vino al lado. Pero, pero... pero sois el puto Dioni, con cómplice y todo recogiendo la mercancía, jua jua jua. Casi nos meamos. Acordamos formar la hermandad del hurto del vino. El castellonense y el madrileño también compartían habitación. Nos bebimos las botellas y la pareja afín nos enseñó un descubrimiento: una granja escuela dentro del mismo recinto. Con patos, gallinas, cerditos y hasta un burro. Un burro enorme al que pusimos el nombre del sicólogo. Sería para cuando alojasen colegios de críos, lo de la granja.
Curso del día siguiente. Resaca bestia. El vino no era precisamente un Burdeos de cosecha. Otra sarta de gilipolleces. Estoy mirando al techo. Como el sicólogo ya me tiene manía me espeta:
- ¿No te interesa lo que digo?
- Sí, por eso mismo...
(Se queda descolocado)
- ¿Cómo que por eso mismo?
- Por eso mismo estoy contando el número de plafones del techo, por si nos preguntas por sorpresa, para ver nuestras dotes de observación, cuántos plafones hay en el techo.
Se oyen inicios de risitas que no se atreven a ir a más. La cara del sicólogo es un poema. Decide dejarme en paz el resto del día. Las tías siguen evitando mirarme, debo seguir quemando. Las tengo locas, está claro.
Ya se están destacando pelotillas. Gente de esa que presta mucha atención, tanta que es sospechosa la actitud. Gente que asiente constantemente, que toma notas de todo, que se muestra admirada de tanto saber como muestra el sicólogo. La hermandad del vino les cogemos manía a esa gente. Capullos, creen que van a heredar la empresa siendo perrillos falderos del poder. Y el poder os gasta y luego os mea encima, os va la marcha y el poder lo sabe. Capullos.
En la comida el vino alivia la resaca. La solución del alcohólico. Nos suda la polla. Inconscientemente hemos decidido pasar la semana lo mejor posible y luego Dios dirá. El ambiente es asfixiante. Hay gente que se cree lo de todos compitiendo contra todos. Que quiere lucirse en público pegando cortes a los demás. Imponiéndose. La hermandad del vino somos demasiado...¿extraños? para ellos y no se atreven. Tienen miedo, ni respeto ni pollas: mie-do a vacilarnos. Vamos como aparte.
Tarde de más tonterías, creo que esta vez fue de trasmisión de mensajes. Son preciosos los plafones del techo y su distribución.
Noche tranquila de jardín y risas bebiendo vino, contando cada uno sus anécdotas personales, si tengo novia o si no, si estás casado, si yo tengo una nena pequeña, si vaya capullos los pelotillas.
Día D. Los pelotillas más destacados son dos. Comparten habitación, claro. Los afines se juntan. Hoy han estado especialmente mamones. Mucho. Como ya nos íbamos conociendo, el sicólogo ha elevado el nivel de crueldad y ha propuesto un juego muy muy cabrón. Se me olvidó decir que todos llevábamos nuestro nombre pinzado en el pecho. Todos sabemos nuestros nombres. El calibre del juego es el siguiente: todos nosotros somos pasajeros de un barco que se va a hundir. Nos salvaremos todos si decidimos sacrificar a 2 de nosotros. Entre todos debemos decidir a qué 2 sacrificamos. A los 2 que creamos menos válidos para este trabajo.
Hijos de puta. Hijos de puta el sicólogo, la empresa y quien se preste a participar en tamaño disparate.
Xisco salta antes:
- ¿Tú te das cuenta de lo que propones, te das cuenta de que a una persona débil la hundes?
Era el momento que esperaban los mamones para echar el capotazo. Se atreven a contestarle a Xisco:
- Es que la vida es así... hay que asumirlo y no dramatizar.
- Solicito públicamente que se elija a estas dos personas, si tanto les gusta el juego.
El sicólogo mira interesado. Se vota en secreto, metiendo un papel con un nombre en una caja. Los dos primeros que más votos tengan serán los perdedores. Todos los votos son para los mamones menos un voto para Xisco y otro para mí. Estamos que nos salimos. A la hermandad del vino no se nos quita la sonrisa de la cara. Los mamones piden poder salir esta noche, después de cenar, hasta el pueblo cercano para verlo. Se lo conceden. Empieza el tiempo de la venganza.
Cenamos, mucho vino. Nos vamos a la habitación de la pareja afín, más vino. Xisco hace porros, fumamos. Se le ocurre al tímido: "Hágamos una cosa: les vaciamos la habitación a los mamones y cuando lleguen que se la encuentren vacía, sin camas ni nada". "Genial, pero ¿cómo la abrimos?" El de Castellón sonríe y nos muestra una tarjeta de crédito. La puerta abre con pasmosa facilidad y pienso que tengo que aprender esas trapacerías. Les vaciamos la habitación, distribuyendo sus muebles entre nuestras dos habitaciones y dejando otros por la escalera de emergencia. El Señor en su infinita sabiduría me ilumina: ¡¡¡El Burro!!!
- ¿Queeeeé?
- El burro, les metemos el burro en la habitación, y cuando llegan está la habitación vacía con un burro dentro. Se van a volver locos.
- Hostiaaaaaa, y ojalá les cague y les mee el burro en la habitación.
- Estos acaban llorando hoy...
- ¿No querían jugar duro?
Se aprueba por unanimidad, nos vamos a por el burro. No hay candado, sólo un pestillo. El burro nos mira inquieto, duda entre acercarse a ver si le cae algo de comer, o salir por patas. Vamos bastante volados, entre la María y el vino. El burro se acaba de asustar. El de Castellón nos asegura conocerlos, que su tío tiene uno en la masía, vete a saber en qué masía. Hay combate: el burro le tira bocaos al de Castellón, pero este aguanta el tipo y lo pilla por la crin. El burro forcejea y le mete un par de sopapos. Protestamos: hombre, tampoco es plan de pegarle al animal... Naaaa, si estos funcionan así, joder, hacedme caso que mi tío tiene uno... Allí vamos con el burro, sujetado entre cuatro fulanos muertos de risa, por el medio del jardín. Al bicho contento no se le ve, para qué nos vamos a engañar. Hace como fuerza para no ir hacia delante y entonces el de Castellón nos dice que lo empujemos hacia atrás y querrá ir hacia delante. Funciona. Debe ser verdad lo del burro de su tío. Llegamos a las escaleras de la puerta trasera del recinto. Con la técnica de empujarlo hacia atrás, el burro comienza a subir las escaleras. Suelo muy liso el de las escaleras, el burro se resbala, se espatarra y nos despide en su caída. Recuerdo partirme el churro en el suelo y ver al burro levantarse y salir por patas. Corría que se las pelaba el cabrón. Se creía que era el puto caballo del Zorro o algo así.
Nos dio tiempo a retornar los muebles a la habitación, salvo los que estaban por la escalera de emergencias, que esos no nos comprometían. El burro al día siguiente andaba suelto por el recinto. Todas las miradas se posaban sobre nosotros, pero mantuvimos silencio. El resacón ayudaba a poner cara de extremada inocencia. Se dejó pasar el asunto ante la imposibilidad de que alguien asumiera el hurto de los muebles y la suelta del burro. Nos portamos muy bien el resto del curso y aprobamos. Tengo un título de formador de formadores que jamás me ha servido para nada. La hermandad del vino aún mantenemos contacto.
Meses más tarde una compañera de trabajo me confesó que TODO el curso sabía que habíamos sido nosotros, que menudo escándalo montamos, que vaya chillidos pegaba el burro. Nadie habló.
El Desclasado ha hablado.