martes, 13 de diciembre de 2011

Corto Maltés, el último cínico.

Ya conocen mi magistral habilidad a la hora de ejercer el copiapega, un dominio de este arte sólo reservado a los grandes. Saben igualmente de mi humildad a la hora de valorarme a mí mismo; saben que no me gusta alardear de lo que tan bien hago. Sin más préambulos, les copiopego un artículo para los amantes del tebeo, que no deja de tener connotaciones sociológicas.
FUENTE.
De : www.elmanifiesto.com
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METAPOLÍTICA DE CORTO MALTÉS.
RODRIGO AGULLÓ


 Decir de alguien que “es un aventurero” no es precisamente un elogio. Así solemos designar a personajes de errática conducta y de poco fiar, en el mejor de los casos a inmaduros a los que conviene evitar o tener a raya. No siempre fue así en otras épocas. Pero en una sociedad tabulada por criterios de competitividad y producción ya no hay sitio para comportamientos deslavazados, ajenos a rentabilidades y hojas de cálculo. La religión del progreso, de la cuantificación contante y sonante de resultados y del compromiso con causas llamadas a mejorar la condición de la humanidad dejaron en mal lugar a estos traficantes de quimeras, que quedaron relegados al ámbito de las curiosidades pintorescas y la cultura popular.
Porque el aventurero es un ser desreglado, pródigo y manirroto con su propia vida y con la de las demás, cuya continua búsqueda de acción rebota sobre sí misma y no está, en último término, al servicio de nada. Extravagancia suprema: las ideas de riesgo, de imprevisión, de gratuidad. Sospechoso de individualismo reaccionario, el aventurero se nos aparece, de entrada, como un ser no útil. ¿Consiste acaso, ser aventurero, en el deseo de ser inútil? 
Curiosamente fue en el período de más álgido fervor progresista – en los optimistas años sesenta, tan llenos de compromisos y militancias –cuando apareció en Europa el último gran arquetipo de aventurero romántico: el marinero, vagabundo y “gentilhombre de fortuna” Corto Maltés. Y lo hizo –como era de esperar– en el ámbito de la cultura popular, de la mano de un dibujante de historietas: el veneciano Hugo Pratt (1927-1995).
La polémica sobre el estatus cultural del cómic – “noveno arte” para algunos, arte menor o manifestación cultural secundaria para otros –no acaba de cerrarse, pese a haber dado lugar a sesudas reflexiones.[1] Fuera como fuese, lo cierto es que pocos autores como Hugo Pratt han hecho tanto para elevar el cómic europeo desde su consideración de simple entretenimiento popular hasta la de fenómeno cultural con entidad propia, al menos no inferior a otras creaciones artísticas. En ese sentido la expresión “literatura dibujada” – que Pratt reivindicaba para el cómic– es muy ilustrativa, a la par que indica el nivel de autoexigencia y de rigor que este autor empleó en todo su trabajo, de forma sobresaliente en Corto Maltés.
Conviene subrayarlo: Hugo Pratt es uno de esos autores “de una sola obra”, todo lo que hizo se eclipsa ante la figura de este vagabundo de los mares. Hugo Pratt es Corto Maltés, y Corto Maltés es Hugo Pratt. Ello es así porque la alquimia de Pratt acertó en crear lo que solo muy pocos autores consiguen: un arquetipo, un ente de ficción de dimensiones míticas. O lo que es lo mismo: un relato que nos habla desde más allá de la pura literalidad de lo narrado, y que se dirige directamente al fondo de nuestra conciencia. Y ello no para ofrecer un mensaje que se refiera a un “sentido” cualquiera que darle a la vida – sea lo que fuere lo que eso quiera decir – sino más bien otra cosa: un atisbo de lo que sería la experiencia – o el éxtasis – desentirnos intensamente vivos. Y eso es precisamente a lo que todos, en el fondo, más aspiramos. En ese sentido Corto Maltés es un arquetipo, y como tal opera en las fronteras de la fantasía y la realidad. Ahí estriba la fuerza de este personaje: en su realidad.
Cuando decimos que Corto es real nos referimos a que, como todo buen personaje literario, es capaz de vehicular una gama de contradicciones y claroscuros sin indicio alguno de simplificación o maniqueísmo. Personajes de múltiples aristas que nos interpelan desde la fuerza sintética de las viñetas, en Hugo Pratt lo esencial no es nunca el hilo narrativo de sus historias, sino la intensidad de los textos: esos diálogos esquemáticos, sutilmente entretejidos de referencias culturales y literarias, que fluyen de forma ligera pero en los que nada es gratuito, y sobre los que reposa la autenticidad dramática de sus personajes. Textos que se adecuan a la perfección con las imágenes de ese gran dibujante que fue Pratt: imágenes de trazo vigoroso y no demasiado bello, casi abstracto a veces, que en la sucesión y la descomposición de planos actúan como contrapunto elocuente de los diálogos y los silencios.
¿Quién es Corto Maltés?
Corto Maltés es un “gentilhombre de fortuna”, eufemismo tomado de R.L. Stevenson para designar a un pirata. Pero lo cierto es que, a lo largo de los 15 álbumes que constituyen el corpus de la saga – tal y como apareció entre 1967 y 1992 – escasamente aparece este personaje enfrascado en actividades de pirateríastricto sensu. Lo suyo es más bien un vagabundeo desordenado y un tanto indolente, al albur de donde le lleven los vientos, los reclamos de la amistad o alguna empresa tan supuestamente crematística como quimérica. E indefectiblemente nuestro héroe terminará enrolado en las luchas descabelladas de algún grupo de rebeldes, guerrilleros o desperados, o enredado en los manejos turbios de algún grupo de conspiradores o de sociedad secreta que casi siempre le volverán a arrojar al casillero de salida… sin que a él parezca importarle demasiado. Los escenarios de sus andanzas son los típicos “grandes espacios” del relato clásico de aventuras: los mares del sur, los archipiélagos del Pacífico, los puertos del Caribe y las selvas sudamericanas, Extremo Oriente, Asia central, Siberia… y también, muy significativamente, ciertos lugares europeos dotados de un extraño misticismo: Irlanda, Venecia, Suiza…
Un elemento esencial de la saga de Corto es la época en la que tiene lugar: los años que van desde 1905 – guerra ruso-japonesa, su primera aventura – y ya bien entrados los años veinte, cuando se pierde el rastro del personaje. “Ojalá vivas tiempos interesantes”, decía una maldición china. El activista y escritor alemán Ernst Von Salomon escribía sobre aquellos años: “nuestra época es interesante – posiblemente la más interesante de la historia. Jamás ha existido una generación que haya vivido tantos acontecimientos– y tan variados”. Es la época de sangre y de hierro de la guerra mundial, de los imperios que se derrumban y de las naciones que surgen, de la revolución soviética, del fascismo, de las vanguardias, del desplome de un mundo anclado en el peso de la tradición y del inicio de un tiempo nuevo, en el que hombres que surgen de la nada se convierten en semidioses. La hora de los desarraigados, los desclasados y aventureros que pueblan el mundo de Corto Maltés. 
Con una nota adicional: por primera vez, la política se hace aventura y la aventura, política. Las masas irrumpen en la vida pública y todo – hasta las decisiones más cotidianas – adquiere una dimensión política. Y si el mundo se configura como una gran batalla en la que todos toman partido: ¿cuál es, en esa tesitura, la posición de un aventurero en estado puro? ¿Cuál es su respuesta a la eterna pregunta: qué hacer? ¿En donde estriba la dimensión política de Corto Maltés?
Retrato del aventurero
Señalábamos arriba que el aventurero no está, en último término, al servicio de nada. Por eso parece difícil hablar de su dimensión política, puesto que él es justo lo contrario del militante. “Esencialmente ajeno al fanatismo y al maniqueísmo, el aventurero se compromete con una causa sin adherirse a la misma, y si arriesga su vida lo hace más por su propia salvación que por la victoria.”[2] Su catecismo es la acción y descree de ideas o doctrinas, porque su móvil no es el altruismo sino su incompatibilidad profunda con el mundo tal y como se le ofrece. Su rebelión es una búsqueda constante de ese instante supremo que Von Salomon describía como “aquél en el que una vida se encuentra condensada, aquél que nos confirma estar a la altura de todo un destino, aquél que nos hace sentir el verdadero valor del mundo”. Ese momento en el que, en el decir de Borges, el hombre sabe para siempre quién es. Para el aventurero la acción no es más que una búsqueda constante de sí mismo, y por ello todas las doctrinas le son accesorias: las revoluciones sólo afectan al orden social y político, pero lo esencial – la que sería la victoria última y definitiva, la transformación del hombre – se les escapa. “Ningún Estado, ninguna estructura social crean la nobleza del carácter ni la cualidad de espíritu. Todo lo más pueden crear  las condiciones propicias, lo que ya es mucho”.[3] El aventurero sabe que lo esencial sólo depende de uno mismo, y eso hace de él un solitario irreductible. Y sabe que “sólo hay una victoria, y ésta es eterna: esa que no tendrá jamás”,[4] lo que le convierte en un ser tan lúcido como desesperanzado. 
¿Cuáles son pues sus banderines de enganche? No los de aquellos que pretenden “arreglar las cosas”, ni los que pretenden “tener razón” – “hay que dejar que los imbéciles tengan razón, para que puedan consolarse de no poder tener otra cosa”, decía Gide. El aventurero solo otorgará su lealtad a seres concretos, en virtud de lazos invisibles de empatía y afinidad: “quiero aproximarme a un hombre por su naturaleza y no por sus ideas. Quiero la fidelidad en la amistad, y no la amistad condicionada a una actitud política. Quiero que un hombre sea responsable ante sí mismo, y no ante una causa, aunque fuera la de los oprimidos”.[5] Sus afinidades electivas responden preferentemente a motivos estéticos, y pocas estéticas más atrayentes que la de las rebeldías y los combates desiguales, esascausas perdidas que, según Borges, son las únicas que pueden atraer a ungentleman. Byron en Grecia, Gordon en Khartoum, Lawrence en Arabia, D´Annunzio en Fiume, Von Salomon en Silesia. Y si se pone de parte de los humildes no es porque éstos le parezcan mejores, sino porque son los vencidos. Solitario a la par que solidario, el aventurero hace suya la esencia del dandysmo, esto es, la “rebelión perpetua, el rechazo del gregarismo, el elogio del individuo, la insumisión permanente”.[6] 
El aventurero no es moral. No juzga ni condena, no predica ni trata de convencer, ni admite que le convenzan. Es reacio al ejercicio de la conciencia fiscal, a la búsqueda de chivos expiatorios y a las valoraciones maniqueas como formas de control ideológico sobre la conducta ajena. Siendo la suya una ética de la acción, ésta no atañe a nadie más que a sí mismo. Y si lucha contra algo a lo que considera una forma particular del mal, lo hace a sabiendas de que nadie es el culpable último de ese mal, y de que los malos también pueden tener sus razones.
En todos esos sentidos Corto Maltés es un aventurero químicamente puro. De entrada se nos presenta como el individualista absoluto, como un egocéntrico sin otra fidelidad que la que se debe a sí mismo: “yo no tengo enemigos, sólo mis propios intereses”. Una omnipresente ironía le permite desactivar cualquier intento de reclutarle para la causa que sea, y una coraza de cinismo preserva su soberanía interior de todo amago de intromisión: “¿de qué lado estás tú? –yo, del lado del más fuerte.” Pero como en todos los personajes de psicología elaborada, sus actos contradicen una y otra vez sus palabras: lo cierto es que siempre se las arregla para que sus intereses coincidan con los de los más débiles, o con las causas de determinados colectivos. ¿Qué causas son esas?
La causa de los pueblos
Corto Maltés es un pirata, un vagabundo sin patria y sin bandera. Sus ideas, que nunca proclama de forma explícita, son individualistas, libertarias y anarquizantes. No es un militarista, y las matanzas organizadas le resultan ajenas: “Estas guerras…no alcanzo a comprenderlas. Una guerra revolucionaria sí, tal vez…pero no estas guerras”. ¿Cree Corto en “la” Revolución, en un mundo nuevo fundado en valores “progresistas”? Algún crítico despistado así lo ha afirmado al compararlo con una especie de “Che Guevara” avant la lettre, habida cuenta de que, cuando de sus intereses se trata, éstos suelen caer del lado revolucionario y a favor de grupos oprimidos. ¿Tan simple como eso?
En una imagen de Corto Maltés en Siberia el personaje de Pratt sostiene el libroUtopía de Tomas Moro, un libro que le provoca un sueño profundo y que, como finalmente reconoce, jamás ha podido terminar. Una forma clara de subrayar la incompatibilidad radical del aventurero con cualquier tipo de dogma redentor: el pensamiento utópico y su promesa de “mundo feliz” sólo le producen un invencible tedio, porque una humanidad unificada y “liberada” de todas sus contradicciones supondría la muerte de la aventura. Parece difícil pensar que Corto Maltés pueda identificarse con ningún “gran relato” progresista, ya sea éste el materialismo dialéctico o la parusía del Mercado global. Porque si este impecable dandy y “gentilhombre de fortuna” manifiesta su simpatía por alguna revolución nunca lo es hacia aquéllas conducidas por el integrismo sombrío de los resentidos, sino hacia las que reivindican una ética de la belleza y una dimensión heroica de la vida. Aquéllas a las que se refería el poeta inglés D.H. Lawrence cuando escribía:
Si haces una revolución, hazla alegremente (…)
      No la hagas porque odias a la gente,
      Hazlo sólo para escupir en sus ojos
No la hagas por dinero, hazla y condena el dinero            
        
                  No la hagas por la igualdad
       hazla porque tenemos demasiada igualdad,
y va a ser gracioso sacudir el carro de las manzanas
       y ver por qué lado se irán éstas rodando.
¿A qué revoluciones se suma Corto Maltés? En uno de sus primeros álbumes, La Balada del Mar Salado, la acción se sitúa en los archipiélagos del Pacífico en vísperas de la primera guerra mundial. En una escena el melanesio Cranio refiere a Corto cómo la acción de los blancos – el colonialismo, esa primera globalización – está destruyendo el mundo heredado de sus mayores, así como el yugo que supone para los nativos el verse mezclados en guerras que no son las suyas. Habla también de la construcción de una patria melanesia y de su futura afirmación identitaria: “es como si tuviéramos que remendar de nuevo, trozo a trozo, un gran manto”. El diálogo que sigue es significativo: – Corto: “vaya, vaya… no sabía que eras un nacionalista” – Cranio: “llámale nacionalismo si quieres, pero siempre hace falta comenzar por algo”. La historia de Corto es también la de una toma de conciencia.
Corto no es racista, porque sabe que todos los hombres de calidad son hermanos, cualquiera que sea su raza. Pero tampoco es raciófobo, porque sabe que el respeto solo surge de la alteridad, y que la riqueza del mundo es su diversidad. El mundo como pluriverso: nada que ver con una empalagosa y folklórica apología del mestizaje. A lo largo de la saga de Pratt las únicas causas presentadas de forma atractiva son aquellas que se encarnan en seres humanos concretos, celosos de su libertad, de su identidad y de su cultura, y nunca las que se presentan como fórmulas universales de salvación y redención. Y si Corto Maltés simpatiza con alguna revolución, siempre lo hace con revoluciones nacionales.
El supuesto progresismo del protagonista tropieza además con otro aspecto: los personajes – históricos o de ficción – más interesantes de la saga son siempre los representantes del viejo mundo: rebeldes contra el mundo moderno como Ungern Von Sternberg – el último general blanco –, protagonista de una alucinante cabalgada por las estepas mongolas en pos de un nuevo Imperio de Gengis Khan. O el poeta Gabrielle D´Annunzio. O el teniente de la marina imperial alemana Slütter, a quien su fidelidad a viejos códigos caballerescos conduce a una muerte absurda. O la aristócrata rusa Marina Seminova – al mando de su tren blindado en plena guerra civil en Siberia –, personaje artificiosamente literario que expresa una intuición: los últimos representantes de una raza son siempre los más bellos… y desaparecen para siempre. Los personajes más atractivos de Pratt son siempre los representantes de alguna sabiduría ancestral, muy tradicional y muy poco progresista…
A Corto Maltés, el pirata sin patria y sin bandera, se le ve frecuentemente en compañía de quienes luchan por ambas. El mundo de Hugo Pratt, toda su obra, es un mundo de uniformes. Si el marino maltés simpatiza con el anticolonialismo no por ello los soldados coloniales aparecen retratados de forma caricaturesca o negativa. Pratt – que odiaba la guerra porque la conoció – ve siempre al hombre debajo del uniforme, y esos uniformes son siempre tratados con respeto, en cuanto dan a entender que el que los porta es capaz de sacrificarse por una idea superior.Sueños de gloria… musita Corto Maltés en uno de sus episodios. Una falta de maniqueísmo que se manifiesta continuamente, como en el hecho de que personajes negativos o con las manos manchadas de sangre sean capaces de redimirse por un rasgo de nobleza o por un gesto último de valor. El propio Corto, llegado el caso, no se muestra timorato a la hora de disponer de vidas ajenas, y en numerosas aventuras se le ve acompañado por su alter ego Rasputín, un asesino cruel y traidor que, sin embargo, no acaba de caernos antipático... y nos recuerda que, al fin y al cabo, el bien y el mal coexisten en todos y cada uno. 
Son aspectos que arrojaron en su día una sombra de sospecha sobre Pratt. ¿Corto Maltés… fascistoide? No hay nada de eso: en el pirata sin patria y sin bandera no hay cabida alguna para cerrilidades o fanatismos. Pero si, forzando un poco la mano, tuviéramos que encontrar alguna categoría política que definiese a Corto tal vez podríamos hablar de una especie de “anarquista de derecha”. Anarquista en cuanto encarna una aspiración libertaria, aunque sin rastro alguno de idealismo o utopía. De derecha si consideramos que una actitud aristocrática y una ética del honor son cualidades de derecha. A lo que hay que añadir una búsqueda del absoluto que deriva de una visión no materialista del mundo, y que constituye un aspecto definitorio del personaje. 
Metáfora del viaje
Toda la saga de Corto gira en torno al viaje como símbolo de construcción interior, a través de pruebas y de combates, de transformación y de elevación. Una travesía del laberinto con ecos del mito del Grial. Si bien el ciclo del Maltés comienza bajo el signo de una aventura realista, terrenal y concreta – en la estela de R.L Stevenson, Joseph Conrad y Jack London – a medida que la historia avanza ésta va adquiriendo el tono de un viaje iniciático: los elementos mágicos se hacen más presentes y en los últimos álbumes – con un dibujo de trazos cada vez más abstractos – Corto aparece más bien como un ser a caballo entre dos mundos, la realidad y el ensueño. Es como si Pratt recurriese al lenguaje del mito como única forma posible de plasmar algo tan inexpresable como simbólico y verdadero, de forma que la sólida cultura tradicional del autor veneciano establece un juego de referencias simbólicas que reclama diversos niveles de lectura, y en el que se da cita buena parte del patrimonio esotérico de Europa. No es por casualidad que, en una contradicción tan sólo aparente, sea en la geografía secreta de Suiza – ese crisol del imaginario mítico europeo– dónde el vagabundo de los mares emprenda su última gran aventura: la confrontación con su identidad.
Esta conclusión de la saga de Pratt – que al modo calderoniano parece concluir con un “la vida es sueño” – no ha dejado de desconcertar a muchos de sus primeros lectores, los más apegados al esquema tradicional del relato de aventuras. Sin embargo la evolución del personaje es plenamente coherente con la mística profunda de la aventura: toda acción vivida intensamente comporta una dimensión espiritual, que conduce hacia formas más altas de consciencia. No hay incompatibilidad real entre acción y contemplación. O lo que es lo mismo: la auténtica aventura no depende del número de millas recorridas, porque es siempre la que nos confronta a nosotros mismos.
Lo cual responde a los presupuestos ideológicos de Pratt: en una entrevista se declaraba enemigo “de la cultura oficial, de los que quieren por la fuerza que todo sea materialismo histórico, de los que quieren privarnos de la imaginación”. [7]  Lo que también explica su apego por el patrimonio mitológico europeo y por sus potencialidades literarias. Así, en una de sus historias de guerra – Sueño de una mañana de invierno – la batalla entre británicos y alemanes corre paralela al enfrentamiento que, en un mundo de ensueño, mantienen los protagonistas de la mitología céltica con sus homólogos germánicos, del mismo modo que en la Iliada la batalla de los hombres en la tierra daba la réplica al conflicto entre las divinidades olímpicas. 
Y todo ello engarza también con la propia esencia de la aventura como opción vitalfrente al mundo moderno. No se combate un materialismo con otro materialismo, no se opone el cemento a la escayola. Si la modernidad marca el apogeo de la razón instrumental la aventura se caracteriza por todo lo contrario: por su inutilidad y por su carácter gratuito. La aventura se da la mano de la poesía, ambas son “dos formas de auto-realización, y más allá de eso, de desvelar el sentido del mundo. Ambas tienen la misma virtud y participan de la misma mística. La mística de la aventura podría definirse como: hacer de la propia vida un poema en acción”.[8] 
Disparos sobre la historia  
Hugo Pratt conoció en vida la incomprensión de cierta izquierda – la “izquierda siniestra” como él decía – que le acusaba de ser demasiado fantasioso, un escapista reaccionario de espaldas al compromiso con la realidad. Es el viejo reproche de “aventurerismo” que, desde la severidad “científica” del materialismo dialéctico, siempre se ha dirigido contra aquellos que se aproximan a la revolución más en el espíritu de Robin Hood que en el de Carlos Marx. Según esto la aventura sería lo que no funda nada, una distracción o un rodeo, algo inservible para hacer avanzar la historia.   
¿Es así realmente? En una época de gestores y de contables parece difícil afirmar lo contrario, o animarse a confiar los presupuestos generales o el sistema de pensiones a una cofradía de aventureros. Y sin embargo…
Sin embargo sabemos que los que hacen soñar a los pueblos y los preparan para grandes desafíos no son nunca los gestores y los contables… sino los otros. El aventurero cree en la voluntad individual y en su poder para forzar el curso de las cosas, desconoce de determinismos y, llegado el caso, dispara sobre la historia para obligarla a discurrir por cauces inicialmente no previstos. Las más de las veces se da de bruces contra la realidad. Pero siempre habrá épocas de excepción en las que los ojos se vuelven, para bien y para mal, a personajes de perfil aventurero. Y no pocas veces sus causas perdidas, al pasar al imaginario colectivo, se convierten en causas ganadas para la posteridad.  
Hay una imagen poderosa en la saga de Pratt que ilustra esa confianza ciega en el poder de la voluntad para forzar el destino: Corto Maltés se automutila al trazarse con un cuchillo una línea de la fortuna en la mano. El aventurero es el hombre decido a no contentarse con la realidad, y cuando él quiere, no son sus circunstancias o los usos del presente los que quieren, sino él mismo. Ser héroe – decía Ortega – consiste en ser uno, uno mismo.[9] Por eso para el filósofo madrileño la heroicidad equivale a voluntad de aventura, y por eso toda meditación sobre la aventura es, en realidad, una meditación sobre el heroísmo.
Existe una metapolítica de la aventura, en la medida en que esta mística surgida en tiempos modernos constituyó el refugio para una serie de valores premodernos que habían sido eclipsados por el auge del racionalismo y de la sociedad burguesa. Toda la modernidad puede interpretarse como la victoria de la inteligencia sobre el carácter, de los inteligentes sobre los sensibles. Ante el entusiasmo que galvaniza el corazón y conduce al sacrificio los inteligentes sonríen y se colocan de perfil. Los aventureros no son razonables. Intuyen que es precisamente en la ruptura de la cadena de acontecimientos razonables donde está el acceso a la parte de misterio del universo. Gratuidad, riesgo y sentido heroico de la existencia, los valores aristocráticos por excelencia. La aventura es una mística que llama a la formación de una nueva aristocracia, una aristocracia que no excluye en principio a nadie porque ya no se vincula a títulos y posesiones, sino a la pertenencia a una nueva élite, la élite del carácter.
Los personajes de Pratt serían definitivamente impensables en nuestra época, hecha de experiencias light yde tipo ortopédico. ¿Corto Maltés en un safari todo incluido?¿Corto Maltés viajante oenegero? ¿Corto Maltés acumulando amigos enFacebook? Entramos en la época de la transparencia total. Incluso el último océano que para el hombre parecía por explorar, el sexo femenino, se encuentra hoy organizado como “género”. Desde su ideología libertaria, anarquista y heroica Hugo Pratt estaba convencido de que una de las grandes funciones del cómic es crear grandes mitos contemporáneos. A ello se aplicó toda su vida, y por ello su obra no deja de ganar nuevos lectores. Porque es en las épocas mediocres cuando los mitos son más necesarios, para recordarnos que –como decía Rimbaud – la verdadera vida está en otra parte.  
Cantaba John Lennon:
“Imagina que no hay paraíso/ningún infierno debajo de nosotros/Imagina a toda la gente/viviendo al día/Imagina que no hay países/Nada por lo que matar o morir/ni religiones tampoco/Imagina que no hay posesiones/Una hermandad del hombre/compartiendo todo el mundo/Y el mundo vivirá como uno solo”.
La paz del rebaño. Un eterno presente de placidez bovina al que más de un personaje de Hugo Pratt no dudaría en encender la mecha y hacer saltar por los aires. El mundo de Corto Maltés es otra cosa, es el mundo arriesgado y contradictorio, trágico e impredecible de las desigualdades y las fronteras, de las  aventuras y de los pueblos.


Un video para más amplia información 

[1] Como el soporífero “Apocalípticos e integrados”, de Umberto Eco
[2] Roger Stephane, Portrait de l´aventurier, Les cahiers Rouges-Grasset 2004.
[3] Malraux, en L´espoir.
[4] Ernst Von Salomon, La ville
[5] Ernst Von Salomon, La ville
[6] Michel Onfray, Le désir d´être un volcan
[7] Corto Maltese, litterature desinée, Casterman 2006
[8] Sylvain Venayre, La gloire de l´aventure. Aubier 2002, pag 234
[9] Ortega y Gasset, Meditaciones del Quijote. Obras completas I, Taurus 2004, pag 816.

sábado, 10 de diciembre de 2011

Ojos Negros. Cuaderno de a bordo. Día 4 y último.

Háganme caso, empiecen desde el principio o no entenderán nada. Las entradas les irán llevando con un enlace al final de cada una.
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Día 4. En caída libre.
Se me olvidó reseñar que la subida el Escadón, pese al desnivel, es muy suave por la vía. Todo el trazado está hecho para que las máquinas no sufriesen, buscando siempre el menor desnivel posible, a costa de excavar "trincheras", túneles o viaductos, e incluso de dar rodeos.
Ejemplo de trinchera para que sepan de qué hablamos cuando las mente:
Despertamos en Sarrión. Como el precio del hostal fue sin desayuno y somos unos salvajes, nos subimos el hornillo, la cacerola, el Nescafé, la leche condensada y las magdalenas a la habitación para desayunar en ella al despertar. 
Problema: no hay agua. 
Tenemos agua para hacer el desayuno, la botella de beber por la noche está casi llena, pero ¿y lavarse y resto de higiene?
María se baja enfadada a hablar con la dueña del hostal. Vuelve: le han dicho que es un problema general, que el hostal no tiene la culpa, que ayer ya oyó que nos duchamos ("¡Cómo si sólo hubiese derecho a una ducha!", dice María). Le ha pedido una rebaja del precio a la señora, que si esta ha dicho que sí, pero no acordaron cuánto. Ha subido una botella de agua de 5 litros para lavarnos que le ha dado la mujer. Lleva también llave de 2 habitaciones más por si queremos usar el retrete disponer de agua en la cisterna.
Desayunamos, bajamos, María insiste en pagar ella para "la rebaja", me lavo las manos (Pilatos style) y voy acomodando los equipajes.
- ¡5 euros, sólo me ha rebajado 5 euros la tía buitre!- No hace falta que les explique más, de sobra conocen la famosa solidaridad entre mujeres.
Hace un viento realmente fuerte... a favor nuestro. Nos acompañará el resto del viaje. Salimos en descenso, pronunciado, para llegar al próximo pueblo: Albentosa. Las bicis vuelan, esto es la hostia, así ya ni se las ponían a Fernandico, tan fáciles.
Escailain de Sarrión. (No sé si "escailain" llevará tilde, cada vez lo digo de una manera. A veces se me escapa y digo "escailine", que no sé la Real Academia de la Lengua qué pensará de esto, vaya usted a saber).
El paisaje, coincidimos ambos, es feo, áspero, sin la belleza mansa del páramo ni el fragor boscoso de las faldas del Escandón. No obstante, antes de llegar a Albentosa y creo recordar que tras pasar varios túneles, llegamos a uno de los puntos clave de la vía: el viaducto de Albentosa:
La foto es robada de Google, no sé quién será ese muchacho, mi foto la hice contra el Sol y salió este churro:
Así que robé la anterior foto porque, bonita casualidad, está hecha desde el mismo sitio. Gracias al anónimo dueño.
Con sus más de 50 metros de altura, da vértigo entrar en él a gran velocidad y ver a ambos lados el vacío.
El otro punto clave es un túnel en curva que provoca una gran desorientación al entrar en él a velocidad, siendo fácil que acabes esmorrado en la pared.
Superado Albentosa entramos en un llaneo constante, ora en ligero descenso, ora en ascenso igualmente ligero, hasta llegar a Barracas. Un cartel nos avisó antes de entrar de que estábamos ya en la provincia de Castellón. En estos reinos de taifas que es Ejpaña, el diseño de las señales y carteles de la vía varía al cambiar de provincia. Estamos haciendo el tramo más feo de la ruta, aunque eso lo supimos luego.  Bueno, los bosques de encinas, pero muy chicas, algo alegraban. Barracas es un llano largo y áspero, parece que siempre muy azotado por el viento, aunque en este caso lo llevemos a favor. 
Pasamos a escasos metros de molinos aerogeneradores, horrible paisaje insertado en un pedregal, pero destacar que las aspas impresionan como suenan al pasar bajo de ellas. FuuuuUUUUsss, y llega la otra de las tres que lo componen, FuuuuUUUUsss.
Y superados los molinos por un collladico empieza la auténtica fiesta: un descenso brutal, creo que bastante más pronunciado que el del Escandón, nos pone las bicis a 30 kms/hora constantes con puntas de 40 y 45 kms/hora. 
Se vuelve el paisaje selvático, muy boscoso, bonito, los años que hace que no pasa el tren han provocado la crecida de las ramas de los árboles e invaden estas la vía provocando una sensación muy grata, de paseo por el bosque. Trincheras, bosque, descenso constante, viento a favor, Dios existe, lo que pasa es que el gandul trabaja sólo de vez en cuando y hoy le tocaba para con nosotros.
Arriba, justo en el centro, se puede ver a Dios trabajando.
Como todo no puede ser perfecto empieza un problemilla que tampoco trae excesiva complicación: los túneles van a empezar a tener un arcén lateral a ambos lados, una cuneta, a veces bien honda, en la que puedes caer si no vas con cuidado.
Pasada otra bonita estación, Torás-Bejís, encontramos una maleta mochila en el suelo. No es exactamente una alforja lateral, es bolsa de llevar sobre el maletero. Vaya putada, alguien perdió la bolsa y no se enteró. ¿Qué podemos hacer? Pues apoyo la bici en un árbol y voy a ver si dentro hay algo que permita localizar al dueño. Repite María mi operación y miramos juntos. Sorpresa, aunque no tanta: la bolsa está abierta. Ya se la habrán saqueado... Queda ropa, pantalones, zapatos, neceser con cepillo de dientes, etc. Y encuentro un parte médico, de una lesión en el homoplato, con el nombre y el teléfono del supuesto dueño. De ser el dueño de donde tiene hecho el parte, es canario, de Las Palmas. Llamo. Buzón de voz:
- Mira, no me conoces, estamos haciendo la vía minera y hemos encontrado una bolsa, supongo que tuya, he hallado tu teléfono por un parte clínico. Creo que ya te la han saqueado, pero te queda ropa. Te la vamos a dejar a 1 kilómetro aproximadamente de la estación de Bejis en dirección a Sagunto.
María echa un discurso mientras volvemos a meter toda la ropa en la bolsa.
- La gente mira qué es, joder, es que lo primero a saquear, con lo fácil que era encontrar el teléfono. Es que ya ni supuestos deportistas o amantes de la naturaleza que harán esta ruta... De verdad, qué gentuza...¡Huy, qué zapatos más chulos! ¿Qué talla serán? ¿Le vendrán a mi hermano?
- Joder, María...
- Jajajajajaja.
Y aprovechando que se ríe me echo al bolsillo, sin que me vea, un paquete de Kleneex sin estrenar que iba en la bolsa. Se me fue la mano sola, joder. Soy muy español. Mucho.
Dejada la bolsa en un margen de la vía, visible, intacta tal y como la encontramos, salvo un paquete de Kleneex que no recuerdo qué pasó, estas son las horas que el chico jamás contestó a mi llamada. Quizás su móvil también iba en la bolsa y se lo levantaron. Es que la gente es la polla... Hatajo de ladrones...
Seguimos volando hacia Caudiel, el cual aún no lo sabemos pero lo pasaremos bajo tierra por un túnel de preciosa entrada:
Seguimos volando, entramos en cultivos bastante feraces, pinares, verde, esto es la parte más bonita. Le prometo a María que si llegamos a tiempo a Jérica comemos de restaurante. Me parto de risa porque la velocidad que imprime la bajada hace que, incluso en la marcha más larga, sea inútil pedalear y pedaleas en vacío, pero aún así ella lo intenta, jua jua. 
Destaca de Jérica su torre de la iglesia sobre el pueblo, como disparada hacia el cielo, según leí es la única torre mudéjar de Castellón.
Escailain de Jérica con su torre disparada al cielo.
Curiosamente la vía pasa por mitad del pueblo. No es ya la vía del tren, son las señales que te guían para poder volver a ella. Comer en terraza, al Sol. Tienen bastante de medieval estos pueblos. Bueno, bastante... no son Albarracín, pero tienen edificios, detalles, fuentes...No sé por qué esto es Castellón, aquí son mañicos, hablan mañico y tienen el trato mañico. Y estamos ya bastante dentro de Castellón, esto no es un pueblo de frontera. Sí conozco la bajada de la Reconquista, por la franja marítima bajando los catalanes y por la interior los aragoneses, que conservaron cada uno su habla al repoblar. Pero no sé por qué acuerdos esto es Castellón y no es Teruel. Ya lo buscaré si me acuerdo.
Como me ha dado tanta risa ver a María pedaleando inútilmente como una loca, con tal de no comer de hornillo, le hago otro trato.
- Mira, si no quieres dormir en tienda, te propongo llegar a Sagunto ya hoy.
- Oh, oh, eh, ah...- No puede ni vocalizar y por fin acierta.- Pero ¿estamos muy lejos, no?
- A unos 40 ó 50 kilómetros, calculo, pero si la bajada persiste vamos volando.
No sé muy bien cómo, pero María desaparece, se desvanece delante de mí, y la siguiente imagen que percibo de ella es ya montada en bicicleta y chillándome: "¡Vamos, vamos!"
Es que ya ni me deja hacer fotos, la tía, "vamos, vamos, vamos, vamos". Jajajaja.
Esta foto en el pantano de Navajas debe ser obligatoria; todo el mundo se la hace.
Nada más salir de Jérica pasamos un túnel con el peor firme de toda la ruta. Qué barbaridad, fue tremendo y total para un centenar de metros (a ojo). No entiendo qué puede haber pasado aquí. Tal fue el asunto que se me soltó el equipaje, y pueden ver en las fotos lo firme que iba amarrado con gomas con ganchos, "pulpos".
Va atardeciendo, vamos lijados. Altura, otro bonito pueblo, también se atraviesa por su mitad en un itinerario alternativo. Problema: a partir de Altura la vía se enmierda; constantes desvíos del trazado original, pérdida del firme asfáltico sustituido por barro, mucha gente paseando al perro o al carrito del bebé por la vía, etc, etc.

Ya hasta publicidad de un camping, dónde iremos a parar. La foto es antes de atravesar Altura.
La cuestión es que sigue manteniendo rinconcitos encantadores, con buen ambiente, pero se alternan con cada vez más tramos malos, liados, desviados del original. Y además eso de descender a lo bruto se va acabando, el descenso se hace suave, e incluso hay ligeros remontes.
Descubro que la ministra Pajina casi se mata (Dios no trabajaba ese día y no remató la faena), al caer desde un puente:


Buena leche se dio, de todas formas, espero que no le quitase el dolor ni las pulseras Power Balance esas que lleva (valiente ministra de Sanidad con pulseras milagro). Desde aquí cayó la burra:
Ay, qué poquita luz nos queda y estamos aún lejos de Sagunto. 
¿Recuerdan la población llamada Algimia del día 1? Pues llegados a este pueblo podemos declarar oficialmente que ya es de noche. 
Solicita María que cojamos un tren borreguero hasta Sagunto, que la vía se acaba ya e ir de noche por la carretera es peligroso. Ya, sin bromas, tiene razón y volvemos a la estación del principio, la de Algimia. Vale, guay, el último tren a Sagunto pasó a las 17:03, si no recuerdo mal y cumplió horario, y son las 18 y bastante. Elige, querida: carretera a Sagunto o tienda de malas maneras, esto está ya muy poblado.
Último tramo hasta Sagunto por carretera, con buenas luminarias, pero con mucha precaución.
Kilómetros hoy: 116. Totales finales: 292.
Conclusiones: hacer la vía en descenso, desde su inicio en Santa Eulalia, es bastante fácil y muy bonito. Si ustedes no van nunca en bicicleta o no han ido desde niños, les va a doler mucho el culo, me duele a mí y estoy acostumbrado. Pero no hay ninguna complicación y lo pasamos de puta madre. Otra opción parece que es hacerla desde Barracas, ya exclusivamente en bajada sin tener que subir el Escandón. Y eso sí que es un paseo en barca. Miren que el último día hicimos, sin mucha dificultad, 116 kilómetros.
En verano el agua puede ser un verdadero problema. Para recargar sin mucho salirse de la ruta puede servir: Caudé, cerca de la iglesia; Puebla de Valverde en la Fonda de la Estación, junto a la vía; Sarrión, desconocemos, pero está el pueblo junto a la vía; área recreativa del Palancar, antes de llegar a Barracas, en la misma vía; Caudiel, al salir del túnel; Jérica, pasas por las narices de la fuente; Altura, desconocemos, pero pasas por mitad del pueblo. 
El último tramo, a partir de Altura, lo cierto es que no lo repetiríamos. Pasas por algún rinconcito majo, pero el balance nos salió negativo.
Hale, me voy a cenar.

martes, 6 de diciembre de 2011

Ojos Negros. Cuaderno de a bordo. Día 3.

Empiecen por el principio, háganme caso, o no entenderán nada. Lleguen allí pinchando:
VÍA MINERA OJOS NEGROS. CUADERNO DE A BORDO. DÍA 1.

Día 3. Así se las ponían a Fernando VII, pero no tanto.
Despertamos muy bien en el páramo. Había helado, sí, pero en la tienda pasamos calor. El día de nuevo esplendido, pero esta vez el cierzo soplaba con más brío, sobre unos 20/25 kms/hora... y lo íbamos a llevar de culo.
Desayunamos café con leche de hornillo: leche condensada y nescafé, con magdalenas "Hacendado" (una guerra tendríais que haber pasado). Mientras desayunamos vamos dejando que el tibio Sol deshiele la tienda, no la podemos guardar tan mojada.
Mientras, se van secando también las alforjas:
El problema del páramo es que a ver dónde coño te pones a cagar sin que te vean a kilómetros. Bueno, siempre hay alguna rambla, una pequeña depresión retrete. 
Hoy empezábamos, realmente, el recorrido acondicionado de la vía verde. Y, esta vez sí, iniciábamos de total bajada hasta Teruel. A partir de Teruel, ejem, pues se invierte el asunto:

Casi 33 kilómetros en descenso, pues vamos a ello. Un viento fuerte a favor y rectas larguísimas en ligero descenso, hacen que no haya apenas ni que pedalear para mantener tranquilamente unos 20/25 kilómetros/hora. ¡Así se las ponían a Fernando VII! Bajamos sonriendo, María dice gustarle mucho esto, por cultivos de cereal, maiz y choperas, estos últimos ya deshojados, que le dan un aspecto entre fantasmal y bucólico al asunto:
Es curioso lo del páramo: lo atraviesas a buena velocidad en coche y no percibes más que desolación; lo pasas en bicicleta y tiene una extraña belleza, una quietud mansa, un estar lleno de detalles.
Atravesamos la autovía por un puente de hierro y suelo de madera, suenan los tablones al atravesarlos, crac, crac, crac:
Llegamos enseguida a Cella, en el cual no entramos, y se complica un poco bordear una industria maderera que ha ocupado el trazado de la vía. Nos indica un ciclista que viene en contra y lo pasamos sin problemas.
Sabemos que el asunto del agua está mal, que no hay fuentes en la vía, ¿para qué coño una vía minera se iba a preocupar de que hubiese fuentes?, y las casitas-estación tienen todas su pozo... cegado o bien tapiado. Así que decidimos recargar agua en el primer pueblo que la vía pase muy cerca de él. Se da este caso en Caudé, de triste recuerdo por la guerra civil: los fachas le dieron matarile a más de 1.000 personas y los echaron a un pozo. Nos salimos en Caudé, la vía pasa a escasos 200 metros del pueblo, y vamos a buscar la torre de la iglesia donde siempre suele haber fuente. Hay fuente y también hay un bar, pero está cerrado. Ya puestos, nos tomaríamos una Cocacola. Le preguntamos a un señor y nos dice que el bar abre a la salida de misa. "¿Y a qué hora es eso?" Mira el reloj y dice que ya.
Salida de misa en Caudé. No hagan caso del reloj de la torre, está estropeado. En realidad son las 12 del mediodía:
Pues sí: misa cerrada, bar abierto, así da gusto que se respeten las costumbres y hay un tiempo para orar y otro para libar. Sale la gente muy aseada de misa, muy endomingada. Nosotros a cocacolear.
Seguimos marcha y llegamos a la estación de Teruel. Si alguien hace esta ruta pensando que va a ver Teruel, que se vaya olvidando. Está la ciudad lejos, las salidas son malas, y por no verse no se ve ni el escailain. 
Esta estación presenta varios edificios abandonados, cocheras, viviendas, etc. Debía tener bastante actividad.
Foto del macho dominante con orejas de burro, por su uso del fotochó para difuminar caras, especialmente dedicada a India:
Y empieza una subida que será larga y continuada, hasta el Puerto del Escandón, con un paisaje en principio feo, pero que se irá aboscando progresivamente. María empieza a protestar y me prohíbe decir "Escandón".
- Escandónescandónescandónescandónescandónescandón...- es mi respuesta.
Poco a poco llegamos a una de las estaciones más bonitas de la ruta: Valdecebro:
No sé si será la luz, ya atardeciendo, el césped o qué, pero lo cierto es que entre todo nos invita bastante a poner la tienda. Pero hay que seguir y bosqueando hacia arriba, por pinares y sabinas, vamos avanzando hacia el Puerto. Antes, en un viaducto, veo cuatro ciervos que en la foto no se aprecian. Les chillo, les hago una foto, les grabo un vídeo, pero no se ve nada...


Tras el infructuoso dar el alto a los siervos coronamos por fin el Escandón, yendo en este punto la vía minera paralela a la autovía, lo cual le quita bastante encanto. La del tipito es María:
Empieza otra bajada de así se las ponían a Fernando VII, las bicicletas van solas. Ya hemos pasado algunos túneles mineros y sí: realmente se iluminan al paso:


Vuelan las bicis, llegamos muy rápidos a la estación de La Puebla de Valverde. Coño, hay allí un "hotelito con encanto", La Fonda de la Estación, con una terraza que recibe los postreros rayos del Sol, que invita a tomarse una cerveza. O quince. Pero María, la quejosa María de la subida al Escandón, está que se sale con la velocidad de la bajada y me dice de llegar a Sarrión. 
A Sarrión. 
Llegamos a Sarrión aún con luz y María ni me consulta, directa se va y pregunta por un hostal. Nos mandan a "La Atalaya", donde el precio, 50 euros sin desayuno, no nos acopla nada y además no tienen restaurante para cenar. Pero es ya de noche, cerca del pueblo no podemos acampar, y no siempre se acierta. 
Toma de habitación, ducha, ropa limpia y a cenar en un bar cerca de la iglesia.
¡Aparten de mí ese vino rosado! Nooo, tranquilos, sólo fue media botella para cenar, todo muy rico o mucha hambre llevábamos. Y a dormir.
Kilómetros hoy: 78. Totales: 176.


Ojos Negros. Cuaderno de a bordo. Día 2.

Empiecen por la anterior entrada pinchando, o no entenderán nada, háganme caso o irán cronológicamente al revés:
VÍA MINERA OJOS NEGROS. CUADERNO DE A BORDO. DÍA 1.

Día 2. La vida es un sube y baja.
El clima de Teruel da dolor de cabeza al despertarse. Quizás las dos botellas de Cariñena rosado también tengan algo que ver. Un vistazo a la ventana, desde la cama, nos dice que hace un día esplendido. Claro, con esa claridad que da el frío seco, ausencia total de vapor en la atmósfera, soleado, un día recio, frío y agradable. Desayunamos, ay, mi cabeza, para qué nos beberíamos 2 botellas de vino, y nos ponemos en marcha. 
Un vistazo al mapa nos dice que para llegar a Santa Eulalia, inicio acondicionado de la vía verde, lo mejor es dejarse caer por la depresión del río Jiloca, un páramo en descenso. Pero los valientes desprecian el primer vistazo a los mapas, y un segundo vistazo nos dice que podemos ir de Monreal a Ojos Negros, inicio real de la ruta aunque la vía no esté acondicionada, de allí a Villar del Salz, de allí a Peracense, Almohaja y por fin Santa Eulalia. 
A Santa Eulalia por el interior, pasando por el mítico Ojos Negros. Traducido: un rodeo de cagarse.
Desde Monreal tomamos la carretera nacional a Madrid, rodamos por un páramo, al fondo la Sierra Menera donde se hallan las minas:

Por un desvío bien marcado tomamos una comarcal a Ojos Negros. Sopla un cierzo suave que más nos empuja que nos frena. La ruta es un sube y baja: a ligeros descensos suceden ligeros ascensos, todo suave, todo muy de páramo. No hay más cultivo que cereal, a ratos grandes balas de paja, ya cilíndricas, ya cubicas, bordean el camino. Acercándonos a Ojos Negros empieza una subida ya algo pronunciada. Ya cerca del pueblo se aprecian los bocados que las minas dejaron en la sierra:
El pueblo en sí, muy turolense, no tiene ningún interés especial a la vista. Hay un mercadillo itinerante en la plaza donde venden lo de siempre: batines, zapatos, bragas, cacharros de cocina, etc. Da la impresión de estar bastante deshabitado, aunque un vistazo al censo nos dijo que quedan unas 500 almas por estas latitudes.
A la salida, yendo ya hacía los barrios mineros, un molino de los auténticos señorea un collado:
Tras subir el collado descendemos hacía los barrios mineros. Ahora sí vamos a llegar al auténtico inicio de la vía minera, aunque esté sin acondicionar hasta Santa Eulalia. Estos barrios sí dan tristeza. Son, efectivamente, más pueblos fantasma que otra cosa, aunque se ven aún habitados. Casas para los trabajadores que se están cayendo, edificios administrativos, infraestructura del ferrocarril, tolvas de carga del mineral, e incluso un casino, cerrado, que debió vivir tiempos de gloria cuando los sueldos fluyesen y esto estaba vivo:
(En primer plano la bicicleta del macho dominante expedicionario).
Queda en esta plaza del casino una locomotora del antiguo ferrocarril, puesta como reclamo turístico, de nombre "Orconera":
Al fondo la Orconera, detrás la bicicleta de la hembra esclava sexual del macho dominante expedicionario. (Sí, ya sé que esto no es exactamente así, es licencia literaria para enriquecer el texto).
Nos comemos un par de sangüiches de chorizo con tomate de las provisiones que llevamos. Se nos hace amigo un perro perdiguero. Este perro está muy cuidado porque desprecia una rodaja de chorizo que le ofrezco. 
Seguimos marcha y pasamos por la Gerencia, actualmente acondicionado como albergue, pero que presenta aspecto cerrado, aunque bien cuidado. Deben abrir sólo cuando hay clientes. Dejamos atrás los barrios mineros, el camino sigue consistiendo en superar lomas por collados y dejarse caer después tras superarlas. La subida al siguiente pueblo, Villar del Salz, deja a María bastante atrás. Entro solo en el pueblo y pregunto por el camino para ir a Peracense. Son un grupo de hombres y mujeres de edades diversas, el resto del pueblo se ve vació. Me indican el camino y doy la vuelta para ver si viene María. Me chillan: "¡Eh, que te hemos dicho en la otra dirección!" Respondo que voy a ver si viene mi mujer. Empiezan con sano cachondeo: "¡Te la has dejaooo atrás, te va a denunciar!" Me río. Me río pensando que no den ideas, joder, que no está el horno para bollos. Se salen a la carretera a ver llegar a María. Empiezan a chillarle: "¡Qué este se iba al bar sin ti!", "¡Qué ahora que las mujeres mandáis deberías ir tú delante!". No puedo ver la cara de María en la distancia, pero imagino que debe estar flipada con una horda chillándole. Una señora me lee el pensamiento y me dice, muerta de risa: "¡Ayy, la pobre chica, que pensará que en este pueblo estamos todos locos! Dirá: pero ¿a mí por qué me chillan estos?" Llega por fin María, cara roja del esfuerzo de la subida y, efectivamente,  expresión de no saber qué pasa, pero sospechar (siempre igual) que yo he montado todo este circo y que "ya hablaremos" (el viejo, el conocido, el temido "ya hablaremos").
De Villar del Salz destacar su coqueto ayuntamiento, el más estrecho de todo Teruel, y su bar con ventanales que parecen de castillo medieval. En el bar tomamos una Cocacola y una chica muy maja, fumando afuera, nos dio conversación en los bancos de la entrada:
Nos decía esta chica que ella no era de allí, que los abuelos de su marido eran de allí y habían venido a verlos, y que se estaba muy tranquilo en ese pueblo. Despedidos de ella, seguimos camino.
No recuerdo si bajamos o subimos, pero llegamos a Peracense. Este pueblo sí es muy singular. Encajonado en una sierra de rodeno, está medio pueblo construido de este material, iglesia incluida, lo que le da el aspecto más rojizo que recuerdo haber visto en una población:
No acaban aquí las sorpresas; tiene el pueblo dedicada una alameda a ¡un periódico!, el "Heraldo de Aragón":
Si no quieren ampliar la imagen: el azulejo es una copia de la portada del número 1 del periódico, allá por septiembre de 1895.
Y saliendo del pueblo, mirando la sierra de rodeno, otra sorpresa: "Coño, que ahí hay algo... Coño, que parece una construcción. Coño, ¡qué es un castillo!"
Es acojonante, de verdad. Está tan integrado en la roca que no lo ves hasta que no lo tienes encima. Háganse cargo de que yo rodaba por allí abajo, donde se ve el pueblo. No subimos a verlo, claro. La foto es robada, yo iba contra el Sol.
Subir, bajar, subir, bajar, nos plantamos en Almohaja. Pasamos por una especie de circunvalación, ni entramos. Se veía tan silencioso, tan desierto, que ni paramos. 
Y ahora sí, subir, subir a un collado con una subida dura. María cagándose en mi padre, "con que era todo bajadita desde Ojos Negros a Teruel...". Llegados arriba del collado, se ve ya de nuevo el páramo, la depresión del Jiloca, y se ven salpicados varios pueblos, uno de ellos es Santa Eulalia. Nos ponemos el chubasquero para iniciar la bajada porque empieza a hacer un frío del carajo y el plástico nos cortará el viento.
Bajada larga, disfrutona, las bicis se ponen a más de 50 sin pedalear. Llegada a Santa Eulalia sin problemas. Preguntamos por algún bar abierto. A lo tonto son las 16:30 y la luz se nos irá yendo en breve. María hace un último intento: "Aquí debe haber un hostalito... Esto es grande..."Me mantengo inflexible en cuanto a montar la tienda y para eso debemos hallar el inicio de la vía minera. En el bar tomamos dos cafés y nos indican el camino para acceder a la vía, dirección Orihuela, tras la cementera. Mierda, otro par de kilómetros hacía arriba. A la salida del pueblo hay un grupo de jóvenes y jóvenas, en corro, tocando el tambor. Cosas de aragoneses. El caso es que suena bien el aporreo, da ritmillo.
Por fin la estación de Santa Eulalia e inicio de la vía acondicionada:
Estas casitas-estación nos van a dar mucha pena todo el viaje. Prácticamente todas han sido acondicionadas como áreas de descanso, con su césped, sus mesas y bancos. Pero los edificios están hechos una mierda. Puertas y ventanas cegadas, cuando no se está cayendo el techo.
Decidimos aguantar la poca luz que nos queda y profundizar un poco en la vía: en España la acampada está prohibida y esto está muy a la vista. Y lo peor: la actividad de la cercana cementera suena fuerte y no hemos llegado hasta aquí para dormir oyendo una industria.
La vía es una gozada. Buen firme, en constante descenso (de momento) y con puentecitos para salvar cualquier rambla o barranco y hacer el trazado lo más plano posible. Es óptima. Nos alejamos de la estación de Santa Eulalia y a unos 2 kilómetros, en un sembrado segado, decidimos plantar la tienda:
(La foto está hecha a la mañana siguiente, la luz es de amanecida).
La belleza del páramo y tal... Empieza a hacer un frío de la hostia. Puedes sentir bajar la temperatura a medida que el Sol se va escondiendo.
En la tienda avisan por 4 o 5 etiquetas que "no acercar fuego a la tienda", pero como está en inglés no lo entendemos y nos hacemos la cena desde dentro de la tienda, aunque el hornillo está fuera, protegido del viento por el doble techo:
Tallarines al pesto de la marca "Hacendado". O como decían los abuelos: "una guerra tendríais que pasar". Y observen la cacerola abollada por la base de haberla llevado en las alforjas y apoyar estas en las paredes para plantar la bicicleta. El perfecto plan para seducir a una mujer.
A las 8 de la noche estamos metidos dentro del saco, leyendo sendas novelas a la luz del frontal. A las 9 hemos apagado ambos y estamos durmiendo. Esa noche heló, y debo decir que la tienda respondió de puta madre; me tuve que destapar el saco del calor que pasaba. No miento y no soy representante de tiendas de campaña:
Cara Norte de la tienda, helada a la mañana siguiente. La tienda es verde, no plateada color hielo.
No sólo tuve que desabrocharme el saco: me tuve que quitar el forro con el que me había acostado. 
Como parte mala: es una tienda justo para dormir dos. Cualquier actividad sexual que no sea más que meterla sin mucho "culear", que dicen los sudamericanos, creo que será imposible. Es para dormir y levantarse, no para hacer ningún tipo de vida dentro.
Nos levantamos bien, muy bien y ya sin resaca.
Kilómetros hechos en el día: 56. Totales: 98.



Vía minera Ojos Negros. Cuaderno de a bordo. Día 1.

Pues al fin salimos a hacer la Vía Verde de Ojos Negros. Cargados como mulas, con la moral bien alta, con escaso dinero (vaya novedad), pero mucha dignidad, dejamos el coche en la localidad valenciana de Sagunto e iniciamos la marcha, cuesta arriba, hacia la localidad de Ojos Negros en Teruel.
Recordarán de anteriores episodios que tenía amenazada a mi amada para que comiésemos de restaurante y durmiésemos de hotel, tal y como yo quería, y no dormir en tienda y comer de hornillo, tal y como ella se empeñaba. Sí, sé que soy duro, pero soy recto.

Día 1. No mandé mis naves a luchar contra los elementos.
La localidad de Sagunto tiene mucha historia. Es una ciudad grande y se ve muy viva. Hablan catalán por la calle, o valenciano, que por eso no voy a discutir, ni por si el argentino es castellano o tiene entidad propia. Está llena de vestigios romanos, árabes, cristiano-medievales, y de todo el que pasó por aquí. Enredamos un poco viendo cosas de estas antes de salir. Creemos que nos lo podemos permitir porque no hemos salido del final del trazado original: el Puerto de Sagunto, que dista unos kilómetros de la capital. No subimos al castillo, que parece prometer bastante, sencillamente por perrería de no empezar ya a subir cargados, tiempo habrá de ascender. Obligada mi amada por mí a comernos un buen almuerzo en un bar (empezamos espartanos), bocadillo tamaño Tarzán de lomo con tortilla francesa, iniciamos por fin la marcha a eso de las 12 del mediodía. 
Según nuestros cálculos la entrada de la vía minera dista unos 14 kilómetros de Sagunto. Y ascendemos de prácticamente el nivel del mar a unos 140 metros. Lo hacemos por la carretera nacional, muy tranquilita al haber autovía paralela. Petrer, Gilet, Estivella... Se suceden los pueblos, muy aseados, rodeados de mares, más bien océanos, de naranjos. Tras el primer cuarto de hora de calentar y acostumbrarse al peso de la bici cargada, lo que las vuelve algo inestables, vamos subiendo sin complicación y mantenemos una marcha tranquila de sobre 15 kms/hora.
Llegamos a Torres Torres, inicio de la vía minera. Salimos del pueblo ya buscándola. Se pone a llover. Suave al principio, "serán 4 gotas", va progresivamente cogiéndose. Sacamos los chubasqueros. "No nos va a detener el agua". Sorpresa: si bien la vía está en su mayor parte acondicionada de puta madre, con firme de riego asfáltico (asfalto con algo de arenilla fina, para que lo entiendan), este primer tramo, por alguna razón que se me escapa, está sin acondicionar: es tierra, pura tierra que se empieza a embarrar.
- Esto... ¿Y si volvemos a Torres Torres y nos refugiamos en un bar hasta que amaine?
Bar en Torres Torres. Que si pa dónde vais, que si os ha cogido la lluvia, que si préstennos unas bolsas de basura para proteger del agua las alforjas y el equipaje. El puto diluvio. Se levanta ventolera. Agua y ráfagas de viento. Dios está muy enfadado. Bueno, cuando se enfada el de las barbas nos manda diluvios, cuando se enfadan los Mercados nos dejan en la indigencia. No sé yo qué es peor. "Agua para todos", decía el PP de por aquí. Desde que ha ganado Mariano se suceden las desgracias.
Pasan las horas. No cesa la lluvia. Aquí no podemos quedarnos, tan patéticos, sin poder montar la tienda sin empastrar todo. Sin ningunas ganas de coger un hostal nada más salir. Se imponen soluciones drásticas. Asumo que haremos la vía sólo de bajada, no de subida:
- Mira, vamos a la estación de tren más cercana y cogemos un tren a Teruel, a lo más cercano a Ojos Negros, y allí ya veremos.
- ¿Siiiiií? No me lo puedo creer. ¿De verdad que no me mientes? - dice mi amada.
- Ya me jode, ya...
Y se pone a hacer bailecitos mientras canta: "¡Titirí, titirí, nos vamos a Teruel en tren, titirí!"
Pues para buscar la estación más cercana mejor dejarnos caer que seguir subiendo. Pero la más cercana es Algimia, subiendo un poco. A Algimia. Llegamos empapados, aunque el chubasquero cumple su función. Y allí nos enteramos de que en esta parada, un pueblo pequeño,  sólo paran los "borregueros" que no llegan más que a Caudiel, a muuuuuchos kilómetros de Teruel, y que además van parando en todas las estaciones. Solución: volver a Sagunto y pillar el tren a Teruel. ¿Que por qué no pillar el coche y subir a Ojos Negros en coche? Porque queremos tener el coche al final del trayecto, no acabar rendidos y tener que tomar un tren para llegar al coche.
A Sagunto.
Problema que ya conozco de blogs y foros: los designios de la Renfe para subir bicicletas en los trenes, son inescrutables. Y menos sin previa autorización. En las distancias cortas es cuando una colonia de hombre se la juega. Ahora veremos...
Agua y más agua. Algunos hijos de la gran puta de conductores nos pasan muy cerca por la carretera acabándonos de empapar. Otros son respetuosos. En Gilet nos dicen que tomemos a Sagunto un camino interior que va por el "Río Palancia" y nos indican cómo hacerlo. Un rato perdidos por caminos, más bien sendas anchas, dentro de un río más pedregal que río, por fin llegamos a la Renfe de Sagunto. Mi amada se quita el chubasquero, "debo estar horrible".
- ¿Qué haces? Déjate el chubasquero puesto, que demos pena.
- Ah, sí, también es cierto. 
Taquillas. Un barbudo. 
- Mire, queríamos dos billetes para lo más cercano a Ojos Negros, en Teruel.
- Pues eso será Monreal...
- Vale, pues dennos dos. Llevamos bicicletas.
- ¿Cómo?
- Naa, que llevamos ahí dos bicis y eso.
Sale el inquisidor que todo español lleva dentro. Juraría que el muy cabrón sonríe sádico.
- ¿Tie-nen au-to-ri-za-ción pre-via?- (¿Se está deleitando?)
- Oiga, ¿nos ha visto cómo vamos?- Me echo hacia atrás para que vea el empapamiento en todo su esplendor.
- Yo lo siento, pero las reglas son las reglas, sin autorización previa no puedo dejarles pasar.
- Mire... el reglamento de la Renfe en su artículo 34 lo especifica bien claro: "podrán subir hasta 5 bicicletas por unidad, sin previa autorización".- Recuerden, amigos: cuando vayan de farol muestren una seguridad absoluta. Vete a saber qué dice el puto reglamento de la Renfe en su artículo 34. - Así que me va a dar su nombre y voy a llamar por teléfono haber quien me puede solucionar esto, ya que usted no conoce el reglamento ese que me acaba de nombrar.
- No, bueno, un momento, yo lo que quise decir es que dependerá de si el interventor les deja subir...
- Ya, y mientras, ¿cómo vamos a arreglar esto?
- Pues les voy a hacer una autorización para pasar sin billete, y que el interventor decida...- Y suena a un "me lavo las manos con los listos y que se coma otro el marrón". España, siempre te llevamos en nuestros corazones.
Redacta un documento con encabezado de la Renfe, escribe mi nombre, "llevan bicicletas", y no recuerdo qué formalismos más. De momento mi colonia de hombre se la juega con gracia. Veremos...
Al andén.
Llega el tren. Preguntamos en la máquina, por la ventanilla abierta:
- Por favor, ¿el señor interventor dónde está?- Y no pregunté por "Su Ilustrísima el Señor Interventor", porque no me acordé. Cuando uno se ha de arrastrar se arrastra con todo el equipo. Para la presa cuervos, para la lid leones.
No es ninguno de los dos que están en la máquina, pero nos dicen que subamos al vagón del medio y que ya vendrá Su Excelencia, Grande de España, el Señor Interventor de la linea a Teruel.
Subimos al vagón del medio. Ganchos en el techo para prender 3 bicicletas y ya hay 2. Pero... el tren arranca y allí no ha venido Vuecencia. Apoyamos las bicis con todo el equipo como buenamente podemos. Esperamos junto a ellas. Por el cristal entrepuertas vemos avanzar por el vagón posterior al nuestro, a un hombre grandote, uniforme azul, también barbado, pidiendo billetes. ¿Tiene cara de buena, o de mala persona? En breve lo sabremos... Entra ya en nuestro vagón.
- Hola, usted debe ser el interventor...- No me arriesgo con lo de "señor interventor", no sea que le suene a rechufla y caigamos con todo el equipo.
- Sí, ya veo que llevan bicicletas. ¿Tienen la autorización?
- Sí, mire.- Le muestro muy rápido el papel plegado con el membrete de la Renfe que pone "Autorización", y sigo hablando para despistar. - Lo que ocurre es que el billete nos han dicho que lo compremos aquí mismo, tras preguntarle qué población es la más cercana a Ojos Negros. 
- Pues será Monreal... Qué raro que no me hayan avisado de que venían dos bicis más, si esto está informatizado...
- Hombreee, usted ya sabe cómo funciona este país. Si yo le contara de mi trabajo...
- Sí, la verdad es que nos meten en cada compromiso a los interventores con esto de las bicis... Pero, ¿si a mí que más me dará que entren bicis mientras quepan? Pero, ¿sabe lo qué pasa? Pues que cualquiera que se queje y denuncie a la Renfe, ya tenemos el marrón. Hay gente muy estúpida y a la hora de salir del tren le molesta una bici, así como tienen las suyas apoyadas junto a la puerta, denuncia a la compañía y el marrón me lo como yo, por haberlo permitido y me expedientan.
- La verdad es que vivimos en la cultura de la queja y la denuncia...
- Bueno, entonces, ¿2 billetes a Monreal?
- Sí, por favor.
33 euros más tarde se va el Señor Interventor, una buena persona, sin duda. María venga el bailecito, "¡Titirí, titirí, nos vamos a Monreal en tren y que se joda la lluvia, titirí! Ay, qué me van a ver..."
La cagamos: siguiente estación, Segorbe, suben ¡6 bicicletas! Esta vez el interventor acude raudo. Tenemos el espació entre vagones hecho una tienda de bicis, ya hay 10 bicicletas. Tienen autorización, expedida hace 2 meses, y la muestran. El interventor murmura algo así como: "A mí me van a volver loco, pero ¿cómo pueden dar autorizaciones con dos meses de antelación y yo no estar informado?"  Nos pide que por favor montemos un Tetris bicicletero y ocupemos el mínimo espacio. Resto del viaje sin más sustos en este aspecto. Una tras otra se suceden las estaciones, en todas llueve, desde las ventanillas al ser de noche no se aprecia. Conforme ascendemos el termómetro del panel del tren va descendiendo. 15, 13, 11, 7 grados al llegar a Teruel capital, donde también llueve. Siguiente parada, ¿Caudé?, ya no llueve. Llegamos por fin a Monreal, está despejado. Hace frío, pero se lleva bien con ropa.
- Y ¿ahora qué hacemos? No iremos a montar la tienda de noche sin conocer el terreno...
- Pues de momento vamos al pueblo a ver qué hay...
Está el pueblo a un par de kilómetros de la estación. Llegamos sin contratiempos. Son las 20:30, pero hay una tienda abierta. A María se le ha olvidado el cepillo de dientes y compramos uno ahí, al tiempo que preguntamos por un hostal que dejen entrar bicicletas. "En el Botero no os pondrán problemas", nos dicen. Hablan mañicooo. "El Botero", me suena a las calderas del infierno. Pues no: hostal con restaurante, limpio y agradable. Vale, podemos entrar bicis y 37 euros la habitación doble con baño. Hecho. María y sus putos bailecitos me está poniendo a parir. "¡Titirí, titirí, vamos a dormir calentitos en hostal, titirí!" Viene el nombre de Botero porque venden botas de vino, de esas de piel curtida, e incluso odres grandes hechos con pellejo cosido de cerditos.
Cena: alubias blancas con oreja de cerdo, codillo, trucha con jamón, sopa de pescado... No es un menú vegetariano, no. Está buenísimo. Vino rosado y gaseosa para beber. Tras la cena pedimos otra botella de vino. Yo también hago bailecitos ya a estas alturas. Titirí, titirí, mañana verás qué resacón, titirí, canto yo. No mandé mis naves a luchar contra los elementos. Recomiendo el hostal, si alguna vez pasan por allí, son amables, la comida está rica y está todo bien limpio.
Acabamos el día con 42 kilómetros totales de bici, toda una hazaña teniendo en cuenta que ya estamos en Teruel. En esta tienda de campaña dormimos el día 1:


De posible sexo no me acuerdo: tras la segunda botella de vino me suena no sé qué de "nos subimos unos botes (de cerveza) a la habitación". Es duro vivir en la carretera.
Advertencia: pese a que la jugada nos salió bien, no recomendamos a nadie jugársela con la Renfe y las bicicletas. Por las mismas te puedes quedar tirado en la estación de turno.