lunes, 14 de junio de 2010

Adiós, muñeca (y muñeco).

Pues sí, me estoy haciendo el equipaje, me voy unos días. Pido disculpas por mí atolondramiento de esta mañana que me ha hecho borrar dos entradas tal y como las escribía. Claro, a quien me tiene enlazado le salía actualización, venía aquí y nada. No quieran saber la última de María, yo aún no doy crédito. Y lo peor, la "sorpresa", estaba por venir. De un ser así, con todas sus virtudes, que las tiene, no se debería permitir su libre circulación. Es un monstruo. Es la amada máxima, no se puede ser tan, tan, tan... ni se me ocurre la definición, no está la palabra inventada. 
Ya lo contaré, si un día consigo asimilarlo. Claro que me vengaré, si para entonces aún no me ha matado a disgustos, así como haciéndose la tonta. Y encima se ríe, que se parte, la tía.
No riñan mucho, compartan los juguetes y disfruten con la edición acolchada del Quijote. 

El Desclasado parte y partir es siempre no sé qué. (No me acuerdo qué decía el poeta del partir. Lo de un beso y una flor no era, no, me estoy liando).   

sábado, 12 de junio de 2010

De orgasmos. Capítulo III. Final.

Si llegan ahora, háganme caso, empiecen por el capítulo I y vayan subiendo. No lo hagan al revés que pierden desarrollo.

Palabras mayores: el coño. Alfa y Omega, del coño salimos y al coño queremos volver. La cuna de la humanidad. Por donde han caído y se han forjado imperios. El coño. Ohhhhh. Interno, misterioso, cálido, envolvente... Joder, me voy a callar. 
Les juro que entiendo a las feminazis taradas que ven símbolos fálicos por todos los sitios. Esas que dicen que la ciencia es machista, porque fíjate tú los microscopios, los telescopios...Arrrrrg, hasta las farolas, ¡todo está lleno de falos!, ergo el mundo es machista. Las entiendo a la inversa: ellas llevan el falo en su mirada, igual que yo llevé el coño en la mía. Ellas ven el falo agresivo, yo vi el coño grato. Ellas siguen en su tara, yo, por ventura, ya sólo veo coños donde los hay. Y no veo tantos, no se crean. Se deben esconder a mi paso.
El mundo se me llenó de símbolos vaginales. Obsesionado por meterla, empecé a ver un coño en cada agujero de tamaño razonable. Me hice albañil de los del chiste de "agujero que veo, agujero que tapo". No llegué a ver un coño en un agujero de tapa de alcantarilla levantada, como un amigo mío, pero todo era simbolismo vaginal. Yo creo que pillo entonces al Jawquins ese de la silla de ruedas, hablando de "agujeros negros", y me imagino un coño galáctico gigantesco, yo volando en plan Supermán sin hacer nada por no dejarme atraer por él, de cabeza pa dentro. En el primer sitio que la metí fue en una caja rectangular vacía -claro- de pegamento Supergén. Esperé que los coños fueran más gratos, porque aquello raspaba como la madre que lo parió. ¿Y si la metiese en frutas, así preparando agujero? Hecho. Vale, la naranja, aparte de pequeña escuece, me cago en la puta. Nada como el melón, mejor maduro, donde va a parar. La metí por todos los lados que no debía, menos en un coño como Dios manda. Joder. Y con resultados nulos: los sucedáneos nunca superan al original.
Modalidad extraña, practicada escasa veces por bastante absurda: te sientas encima de tu mano así como dislocada, cuando se te duerma, te pajeas y te crees que te están pajeando al no sentirte tu mano. Pues vaya mierda, ni me siento la mano, ni la polla, ni na.
Volvamos y acabemos con los orgasmos. Se sucedieron y se suceden bastantes modalidades, ya en solitario, ya acompañado: el de "a ver si así me duermo"; el de la búsqueda del eterno "a la vez", que depende con quién, eso parece más natación sincronizada que pegar un polvo; el de "joder, si es que me apetece, pero ya no me queda ni rabo"; el matinal, tan tonto él, para empezar el día; el demasiado alcohólico, que ni fu ni fa; el arrogante, que llega que se te lleva a otra dimensión; el de ir pasado de Centramina, con tanto deseo y que no hay forma de correrse; mención especial merece el de LSD, lo nunca visto y una lástima que sea tan peligroso jugar con eso, ahí sí que hablamos de verdad de fuegos artificiales, de visiones y de sensaciones desconocidas; el cariñoso, nada del otro mundo, pero tierno; el salvaje, que para cuando vuelves al mundo sólo aciertas a decir "uff"; el fumado, con las sensaciones más acentuadas... Y tantos que me dejo.
No me vuelvan a pedir porno en una temporada.

El Desclasado ha hablado.

    

De orgasmos. Capítulo II.

Si llegan ahora empiecen por el capítulo I, hombres y mujeres de Dios, que es lo lógico, no empezar la paja por el orgasmo, joder.

Pues en una nueva dimensión entré, la dimensión pajera, de la cual aún hoy no he conseguido escapar. Si bien el pico de producción ya no es el que fue; ya no me pajeo tanto tanto tanto. Me hago mayor, va a ser verdad que un día maduraré.
Armado con mi nuevo poder salí al mundo. Era como una pistola de juguete, que en vez de disparar rayos láser dispara chorros de agua. Pero vaya gusto con cada disparo, joder, así me montaba yo la guerra de las galaxias, venga el láser disparando.
Lo primero, vacilarlo, claro, aunque en proyecto, era un hombre. Imposible vacilarlo en el colegio, porque como, a pesar de no haberme corrido nunca, yo había ido subiendo la apuesta de las veces que me corría cada noche, de tal manera que si llegaba uno y me decía: "anoche 4", lo inmediato por mi parte era: "Jua, yo 5". En cuestión de dos semanas íbamos ya por los 17 orgasmos pajeros por noche (yo 18) , así que a ver cómo llegabas chillando de euforia y diciendo: "¡me he corrido, me he corrido!". Nada, imposible. Tampoco recuerdo cuando paró la loca y falsa competición. No debió ser que alguien dijera:  "me planto en las 21", no, imposible, alguien hubiera dicho: "veo tus 21 y 2 más". Debió ser que ya todos nos habíamos corrido y cesamos de hacer el fantasma. Por las mismas poco más tarde lo haríamos con el desvirgarse, que resultó que prácticamente todos nos habíamos desvirgado a los 10 años (yo a los 9) con una tía de 30 (la mía de 31) que estaba buenísima. Y me sé de alguno que, aún hoy, como no haya ido de mercenarias del amor seguirá virgen. No, no me refiero a mí. Además esta es otra historia.
Ante la imposibilidad de presumirlo en el colegio, me dirigí hacia mi otra parcela de esparcimiento social: los amigos del barrio. Resultó que todos habían aprendido en el colegio lo mismo que yo en el mío. Así da gusto la homogeneidad del sistema educativo español. Como debe ser: antes aprendimos en el colegio, templo del saber, que en la calle. Desde entonces cada vez que oigo a un garrulo decir: "la calleee, la mejor escuelaa", me parto por su desprecio por la cultura y lo equivocado que está, pobre ignorante. Pues no se aprende en la escuela...
Aunque planteé yo el tema con aires de superioridad y todos afirmaron haber llegado a esa etapa, no me fié, no fuera a ser que estuviesen haciendo lo de las veo y dos más: exigí pruebas. Al día siguiente uno trajo esperma en un ¡cartucho de tinta de Rotring! que había tapado con un plástico para conservarlo. El otro en una cajita plumier mostró una especie de pegamento Imedio reseco con aire culpable: "es que sasecao, el cabrón" , y así fuimos mostrando cada uno su esencia espiritual. No tardamos mucho en ir a pajearnos en grupo al cine. Elegíamos de los cines cercanos de sesión continua, donde hicieran una película guarra que hoy nos daría risa, normalmente italianas. Entiendan que no recuerde ni los títulos, ninguna era para destacar. Buscábamos una bancada para nosotros y al tema. No buscábamos el pico de erotismo de la película, nos la soplaba; estábamos calientes durante toda la película y caían 3 ó 4 pajas por pase. Si encima coincidía entre recuperación y nueva ofensiva, que pillabas un pico que le metían mano en las bragas a alguna y gemía, la corrida ya era apoteósica. Si no, te la cascabas viendo 3 tías en bikini, quizá en tetas, en la cubierta de un yate, cualquier cosa, manías ninguna. A veces, cuando toda la banda coincidía en una ofensiva salvaje, la bancada parecía que tuviese sensorround, cómo vibraba aquello, madre mía, que había que estar ciego para no ver que un grupo de púberes, se la estaba cascando tapándose con el jersey. 
Lo de la ropa empezó a ser preocupante. Había días que juraría que podía dejar el niqui plantado de pie en el suelo, tal grado de acartonamiento llevaba la tela a la altura de mi ombligo. Mi madre por lo menos dos veces había debido follar, a razón de una por hijo, así que sabría lo que era aquello. Nunca dijo nada, lo debió tomar como proceso evolutivo natural.
A la paja cinéfila (otro matiz cultural) sucedió la paja aventurera, también grupal. Decidimos que qué mejor que cascársela desde una azotea viendo la ciudad iluminada a nuestros pies. Hale, allí vamos, creo que nunca mi semen cayó desde tan alto. Igual le cayó a alguien en la cabeza, jua jua jua., creería que le había cagado una paloma. La paja aventurera, ya en modalidad individual, se repitió (y aún hoy a veces...) en los sitios más insospechados, desde un páramo del desierto de los Monegros dónde estaba de centinela (la paja de garita de mili, todo un clásico), hasta yendo de viaje en un autobús casi vacío, en la bancada del fondo, la de los gamberros.
De nuevo la escuela, la paja es un bien del acervo cultural: llevé la paja al colegio: se inició competición individual: objetivo: correrse en mitad de una clase, a ser posible con el profesor más severo. Pruebas de haberse corrido, las evidentes. Aquello si que era la hostia: el profe dando clase y tú con cara de póquer dándole al manubrio hasta la victoria final. Yo, ahora mismo, no sé cómo teníamos los santos cojones de conseguir corrernos en esas circunstancias, con el profe paseando su mirada por la clase, al tiempo que explicaba. La modalidad más extrema, en la que no destaqué, me quedé en la media, consistía en empezar dos a la vez, de pique, y a ver cuál llegaba antes. En esa modalidad extrema, uno con cara de mono muy acentuada, era el rey absoluto. Oigan, en serio: aprendíamos más en la escuela que los cenutrios de ahora, de verdad.
Las pajas bien, pero... ¿cómo sería eso de los coños? 

De orgasmos (hasta un punto). Capítulo I.

De política ya ni hablamos. Para deprimirse... Siempre lo mismo, pero cada día un poco peor. Que se hunda esto de una vez y venga lo que tenga que venir.
Sigamos con la primavera y hablemos de orgasmos. Quiero ver las dos manos en el teclado mientras leen. He dicho las dos. No, no será para tanto, es más una perspectiva social/personal que otra cosa. Para ver porno hay multitud de sitios, dejemos a este blog en lo gracioso. Y malditas mis ganas de aguantar a los zumbados de los buscaporno, con sus delirantes situaciones buscadas. Esta gente debe haber quemado muchas etapas, porque a mí jamás se me ocurriría buscar las cosas con las que a este blog llegan buscando.
La primera vez que tuve un orgasmo creí que me daba algo. Llevaba una semana afinando el instrumento sin conseguir la nota adecuada. Me lo habían contado en el colegio, lo de la paja, el correrse y toda la ceremonia. No recuerdo si tenía 11 años o ya 12. Se había convertido, desde que me enteré y por el tono en el que se contaba, en una cuestión de honor aquello de correrse. Pues ahí estábamos todas las noches, manos a la obra, entregados en cuerpo y alma. Con la honra no se juega.
En adelante emplearé un vocabulario actual porque ya no recuerdo con exactitud la riqueza de matices del vocabulario de la época. "Paja" era paja, eso sí, todo un clásico por el que no pasa el tiempo. El resto alternaba entre "lefazo", "chorritá"...toda esa riqueza léxica.
Pues llevaría ya un par de semanas buscando el acorde perfecto y nada, aquello no sonaba como debiera, no sabía cómo tocar con exactitud, cosas de los autodidactas sin talleres de masturbación del ministerio de (des) igualdad. No sonaba mal; alcanzaba grados de excitación muy elevados, me ponía bien burraco y me engañaba pensando que tamaña excitación, tanta elevación, debía ser orgasmo (corrida).  Inútil intentar engañarme: ¿y la chorritá? Un día intenté el autoengaño máximo y quise orinar un poco (tampoco demasiado) en plena excitación, para hacerlo pasar en mi autoestima por corrida. Claro, ni de coña lo conseguí con todo el gallardete tieso. Mi honor estaba quedando por los suelos: cada día en el colegio tenía que oírme: "pues yo anoche 3". Eso lo salvaba diciendo que yo 4, para eso nunca me han dolido prendas. A vacilarle a su puta madre.
Hasta que conseguí el ritmo adecuado, el perfecto in crescendo, el no poder parar, el ya en nada pensar, sólo dejarme arrastrar y me piré a la estratosfera sintiendo que me vaciaba por la punta del capullo. Normal, 12 años sin correrse, lo raro es que no me hubiesen explotado los huevos. O implotado, lo que hubiese tenido consecuencias trágicas para mi salud. No podía creer que esa sensación existiese. Eso era lo mejor que me había pasado en mi vida. Y vaya con la corrida: no olía apenas, era viscoso, entre lechoso y transparente, si te lo ponías en los dedos y separabas estos, hacía como una lentilla, sabor muy indefinido... y se secaba en las sabanas. Hostia, mi madre cuando vea esto. A limpiar, lo que ya fue una constante en mi vida: limpiar corridas.
Se abrió un mundo nuevo para mí, apasionante. Si en la vida hay etapas, yo entré en la etapa, más que etapa, dimensión, de los grandes pajeros de la historia. Lo de follar, si existía y no era leyenda urbana, aún tardaría muuuucho en llegar. Pero mi pequeño coleguita y yo ya eramos uno para siempre, ya estábamos atados de por vida y ahí fuera estaba el mundo, esperándonos.  

viernes, 11 de junio de 2010

Sí, pasan esas cosas.

He retomado lo de correr y estoy patético. Tanto ordenador y tanto blog no ye bueno. Si ayer salvé con escasa dignidad correr 5 kms, hoy me he visto valiente, he pensado en progresar rápido y le he tirado a los 8 kms, el segundo día que salgo a correr desde hace tiempo. Pa qué voy a contar... Si lo de ayer no fue dignidad, que fue salvar el orgullo, lo de hoy ha sido el desastre de Annual. A los 6 kms ya me he parado y he seguido andando. Trataba de autoconvencerme: "oye, poco a poco, no hay necesidad de correr los 8, va, mañana lo mejoras...", cuando he doblado una esquina y me he encontrado con un pequeño paraíso: calle peatonal, una terraza, toda llena de tías arregladas, de viernes tarde, ya de verano, pintadas, con el pelo hecho, con sus minifaldas, sus camisetas sin mangas... y lo he hecho: me he dado con una farola. Me he dado con una puta farola en todo el hombro. Farola fina de paseo, ha cimbreado a mi golpe, doiiiing-ing-ing... La madre que me parió, ¿dignidad? Dignimierdas. Sonreír -Ah-ja-ja-ja, qué tonto-, alzar la frente, seguir al paso calmo, no alterarse, procurar evitar el temblequeo de piernas, la descoordinación al andar, procurar salvar los trastos del patético naufragio, mientras pensaba que me tienen que haber visto, que la calle es muy estrecha, las sillas de la terraza ocupan mucho y más estrecho dejan el paso donde me he arreado con la mierda de la farola. Casi estoy sereno, cuando mi cerebro me juega otra mala pasada de las suyas; he tomado conciencia de mi imagen. Hago como Amor: me pongo una camiseta cualquiera para hacer deporte, aunque yo sin leyendas de "Compre en ferreterías Martínez, las de su confianza". Nunca uso nada especializado, transpirable, mono. Una camiseta de algodón cualquiera. Las mallas me avergüenzan un tanto. Eso de ir marcando paquete... Cuando se va escaso mejor no. Así que iba con un puto bañador. No, no era de flores: granate liso, pero bañador que se notaba bañador, con su lacito para cerrar colgando del centro. Y sin calcetines. Completaban el cuadro una barba de 4 días, una respiración agitada, sudado como una cerda pariendo y una barriga que ya no se mete hacia dentro (¿volverá algún día a hacerlo?). Dios- he pensado- ese fulano ridículo se acaba de arrear con una farola por mirar a las tías ¿No es para partirse? Ahora sí se me ha movido el suelo, ni frente alta ni pollas y estoy a mitad de paseo. No quiero mirar, por el rabillo del ojo, quién se ríe. Seguro que las más guapas. Son así de tontas, de creídas y de insoportables (sí, soy injusto, es la rabia). Viene un niño hacía mí, pequeño, con una bicicleta. El mundo parece la cubierta de un barco. Me prometo que si me choco contra el niño me ahorcaré, en la misma farola contra la que he chocado. Ustedes, la sociedad, serán culpables. Sí querían ver a un hombre hundido, si querían espectáculo se lo voy a dar, degenerados. No he chocado, el niño ha estado hábil. 
Mejor me ducho y olvido. Joder, la morena de los pendientes de aros enormes, blusa abotonada sin mangas y falda blanca, estaba para morirse. Espero se haya reído, al menos de payaso le habré servido.

El Desclasado ha hablado.

Edito: no me estoy entrenando para esta sandez. Les paso el vídeo, por si alguien no lo conoce. Cortesía de Marcela:

  

jueves, 10 de junio de 2010

Lucha de sexos. Episodio XXVII ¡LA BATALLA FINAL! Sólo puede quedar una pareja para alumbrar una nueva humanidad.

Damas, caballeros: es imposible ya aclararse en la ensalada que hemos montado en la anterior entrada. Entre pornofilos, románticos, enamorados del amor, poetas, sartenes, manuales de sicología, amigas de amigas, lavadoras, woks (¿qué coño será un wok?, suena a bicho de la guerra de las galaxias), operaciones bikini, lo sé de buena tinta, pues yo no soy así, pues yo no uso el sexo como moneda de cambio, pues yo una vez me porté muy bien y me dejaron porque no era un cabrón, pues a mí me han contado, cibemembranas trampa, hiperchorros huracanados, pues una que conozco dice que es la que manda y luego no va sin el marido ni a la vuelta de la esquina, consentidas, cariños, queridos, pues el manual pone que ahora debes reaccionar así y asá; lo llevas en tu naturaleza de hembra dominadora, pues a mí si me dominan un rato y me dan unos azotillos leves tampoco me vendría mal, 300 no sé cuántos comentarios...
Abro nuevo campo de batalla. Total, mientras el país se nos va a la mierda por lo menos nos reímos. No vais a poder con nosotros, malvadas. Si os portáis bien quizá os amemos, si os portáis mal seguro lo haremos.
Y ahora qué coño de canción pongo para ambientar... Va, esta que es de amor, chillan y es "vintage", que me he aprendido hoy lo de vintage y me gusta repetirlo: vintage, vintage, vintage...



El Desclasado se juega el cuello que ahora hablan de todo menos del tema de la entrada.

miércoles, 9 de junio de 2010

Una tesis sobre el comportamiento femenino.

AVISO SERIO A NAVEGANTES Y NAVEGANTAS: a las personas "de la casa": habéis dado sobradas muestras de saber comportaros ante situaciones de lucha de sexos. Con bastante humor incluso, sin por ello dejar de argumentar. Sigamos así, por favor.
A visitantes que por aquí recalen:  se van a permitir todas las opiniones argumentadas a favor, en contra o "conmigo no va". LOS INSULTOS NO SON ARGUMENTOS. Cualquier insulto hacia las mujeres, los hombres, o personalizado, será borrado. No me gusta borrar nada y nunca lo he hecho; no me jodan. Quien quiera exponer una tesis sobre el comportamiento masculino, tiene la puerta igual de abierta en este blog, sólo tiene que mandármela. Una tesis argumentada no es los hombres son una mierda porque lo digo yo y punto.
Les ruego a todos que no caigan -en la medida que no acompañe la opinión para argumentar algo- en "los hombres peor", que se ciñan al tema que en este caso es el carácter femenino en general.
Alea jacta est.
Autor: Raus.
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Jo, cuánta impaciencia. Allá voy.

En todos los lugares del mundo, en cualquier época de la historia, los hombres son siempre quienes van detrás de las mujeres para conquistarlas. Es cierto que ellas también van detrás de ellos: exhiben encantos y les regalan miradas seductoras, pícaras o comprometedoras. En otras palabras: se ponen “a tiro”. Probablemente esto sea lo más común: ella envía señales de humo al chico que le gusta y éste, como un corderillo, hará el resto. Quizá crea, ingenuo, que “él” ha ligado. Ninguna mujer renuncia a su deseo de que el hombre que le gusta trate de conquistarla, de enamorarla, de hacerle sentir que ella es única y especial para él, que las demás no le importan. Es cierto que algunas ofrecen sexo fácil sin pedir otra cosa que lo propio. Sí, pero la regla general es que la mujer desea ser rondada, conquistada, valorada, adorada… Puede practicar sexo sin amor a semejanza de ellos, pero su esperanza es que el hombre en que ella se ha fijado acabe rendido a sus pies, reconociéndola como su dueña y señora. ¿Por qué esto es así? ¿Por qué no un mundo en que fueran ellas quienes tuvieran que conquistar a ellos? Los hombres seguirán comprando flores para las mujeres que aman o desean, invitándolas a cenar o al cine, regalándoles joyas, prometiéndoles amor eterno, escribiéndoles encendidos versos de amor, piropeándolas, galanteándolas… La Bibiana y sus incondicionales podrán ponerse como quieran, pero eso no cambiará jamás, a despecho de decretos, leyes y propaganda igualitaristas.
Por qué esto es así? Porque la naturaleza nos ha hecho así. Un solo hombre puede fecundar a cientos o miles de mujeres a lo largo de su vida y a varias durante una noche loca. Los espermatozoides son baratos, extraordinariamente abundantes. No así los óvulos, recursos biológicos mucho más escasos. Dada su diaria producción, los hombres se ven impelidos a descargar su semen a menudo, con una o varias mujeres (y si no, en solitario). No hace falta “conquistar” a un hombre para que se preste a copular. Va de serie pre-conquistado. Muy dispuesto para la faena.
Casi ninguna mujer tendrá problemas para encontrar hombres que deseen yacer con ella. Cualquier chica lo conseguirá fácilmente, porque los chicos producen tal cantidad de espermatozoides que siempre están deseosos de donarlos gratuitamente. Sería un contrasentido que el organismo del varón produjera ingentes cantidades de semillas si ello no se acompañara de un enorme y constante deseo de sembrarlas. Lo uno va asociado a lo otro. Algo parecido a una fábrica de bolígrafos o de lo que sea: si se fabrican muchos, también deberán venderse muchos.
Este es el origen natural de que el sexo solicitado sea el femenino. Una muchacha tendrá todos los miembros viriles que desee cuando desee. Por eso no hay problema. Lo que a ellas les da quebraderos de cabeza es la elección del hombre completo que la pretenda, del dueño de ese miembro viril, de ese cuerpo. Lo difícil no es conseguir un pene, sino un hombre que posea ciertas virtudes. Si la fémina sólo desea un revolcón, cualquier hombre algo apuesto valdrá. Pero si lo que desea es algo serio y formal, ya no valdrá cualquier hombre, por más que esté bien dotado de atributos masculinos o sea joven y fuerte. Ella necesitará saber que ese hombre será un buen padre de familia, responsable y honrado. Y, desde luego, que cuente con posibles para poderla mantener a ella y a los hijos.
Queridas lectoras: bajad las cejas y dejad de resoplar, por favor. Las mujeres se sienten atraídas (o más atraídas) por hombres con buenos recursos económicos. Negarlo sería tan poco realista como negar que a los hombres se nos va el alma detrás de culos y tetas. Todos los estudios serios y de alcance mundial sobre la cuestión arrojan ese resultado. Es así, podéis enfadaros o poneros de los nervios. O maldecirme. Da igual: la realidad es ésa. Y si alguien desea comprobarlo, no tendrá más que preguntar a un buen número de mujeres. Un muerto de hambre no tiene nada que hacer frente a un hombre rico, incluso aunque aquél esté de buen ver y éste sea sólo del montón. Es lo que se entiende por “buen partido”: los médicos, abogados, ingenieros, hombres de negocios, banqueros…
No hay misterio en todo esto: la selección natural se encargó de que tuvieran más éxito reproductivo aquellas mujeres que se sentían atraídas por hombres ricos, poderosos y ambiciosos. Las que no tenían estas inclinaciones se quedaron por el camino de la evolución: no transmitieron los genes que las hacían indiferentes a los signos de ostentación y riqueza del varón. Nuestra especie evolucionó en ambientes muy hostiles, donde la supervivencia no era fácil. No había carrefures en las esquinas ni cortes ingleses colmados de comida y artículos de todo tipo. Las que se conformaban con hombres pobres y sin ambición, tuvieron menos probabilidades de alimentar y criar bien a sus hijos. Quizá preguntéis que qué tiene eso que ver con la mujer actual. Todo. Tanto hombres y mujeres somos lo que somos debido a que heredamos, vía genética, los rasgos y cualidades que sirvieron a nuestros antepasados adánicos para sobrevivir en un ambiente que nada tiene que ver con el actual (aquí, en occidente me refiero).
El drama para hombres y mujeres es que tienen formas de pensar muy muy distintas, casi incompatibles en todos los sentidos. Nada de lo dicho hasta ahora es elucubración o invención mía (ni es mi tesis). Puedo asegurar que se trata de hechos machaconamente contrastados por la psicología, si bien el sentido común se sobra y basta para constatarlos.
IMPREDECIBLES
¿Por qué le parece insoportable? Por su condición de impredecible. Si rara vez tienes idea de cuándo te va a caer una bronca o te vas a encontrar a tu amada fría, arisca y de morros, al final acabas sintiéndote indefenso e impotente. Las mujeres, en cambio, no suelen quejarse de no comprender a los hombres. Al contrario, los encuentran demasiado predecibles, simples, ciegos a los detalles y sutilezas, torpes. La incapacidad para predecir por dónde te ha de venir un palo, genera ansiedad y malestar, incluso depresión. Son famosas las investigaciones que Seligman hizo al respecto con ratas: las encerraba en jaulas y les administraba castigos imposibles de predecir. Los pobres animales acababan deprimidos. El mal de amores afecta más gravemente al hombre que la mujer. Por cada mujer que se suicida por una decepción amorosa, se suicidan 3 ó 4 hombres.
¿Pero por qué son tan volubles las mujeres? ¿Por qué les cambia el humor tan fácilmente? Porque ellas están muy pendientes de que el hombre con el que están dé muestras de quererlas conquistar continuamente. Cuando perciben que él se está relajando, se enfadan, incluso se indignan. El hombre que crea que basta con conquistar una vez a su mujer, la lleva clara. Las mujeres necesitan hombres atentos permanentemente, solícitos y aduladores (pero cuidado, sin pasarse, como pronto veremos). El ingenuo que piense que tras la boda ya no necesitará halagarla más, llevarla a cenar a restaurantes “románticos” de cuando en cuando, agasajarla con flores en ciertos momentos especiales, con versos o palabras bonitas, tiene un largo camino de sufrimiento por delante y mucho que aprender. Cuando ella detecte que él ha dejado de cortejarla, la encontrará arisca y fría. Él se sentirá perplejo, porque la quiere como siempre. Él creía que no era necesario volver continuamente a los regalos, los detalles y los galanteos. Creía que el trabajo ya estaba hecho y que todo estaba preparado para rular felizmente y sin tropiezos. No entenderá la reacción de su mujer. Ella, ante la relajación de su pareja, se sentirá mal cada vez que él le pida sexo: pensará que él se lo debe ganar, que no todo es tan fácil como él pretende. La queja recurrente de las mujeres casadas es que él ya no es el galán encantador que fue en el noviazgo, que ha pasado de príncipe a rana. Es una lucha que se repite todos los días en millones y millones de hogares. Esa lucha muchas veces acaba en drama.
DOMINAR AL HOMBRE
Pero esa volubilidad cumple otra función inestimable: dominar al hombre. La idea feminista de que los hombres dominan a las mujeres es absolutamente falsa. Huelga decir, como siempre, que hay de todo. Hay hombres que no se dejan dominar de ninguna manera y que imponen su voluntad con golpes en la mesa: feo asunto. Sin embargo, todo el mundo sabe que las mujeres, en general, hacen lo que les da la gana con los hombres, especialmente con los maridos. Existe el “calzonazos”, pero no la “calzonazas” (no hay contrapartida lingüística). Incluso el “bragazas”. Ellas son las AMAS de casa, y las amas son las que mandan. Y cuando un hombre ve a su amigo le pregunta por los hijos y por su SEÑORA. Jamás o casi nunca se le pregunta a una mujer por su SEÑOR.
Las mujeres dominan a los hombres sin problemas, y ellas lo saben desde muy pronto. A base de morros, malas caras, frialdad, jaquecas repele-maridos, lágrimas fáciles, peticiones estrafalarias o subjetivas, antojos, silencios pastosos, reproches, chantaje emocional, etc., el hombre acaba sintiéndose inseguro y temeroso de que su amada lo mande a freír espárragos el día menos pensado. Cuanto más arbitrario e imprevisible sea el enfado de la mujer, más eficaz será el mecanismo de dominación. En general, no importa lo valiente que sea tal o cual hombre. Sé de uno que hizo frente a un negro enorme que quería robar a una mujer. Corajudo cual tigre, saltó sobre él y lo redujo. Sin embargo, este mismo hombre me confiesa que hace todo lo que le pide su mujer para que no se enoje con él. En alguna ocasión lo ha tachado de cobarde. Las mujeres son la debilidad del hombre. Lo contrario no es del todo cierto. La mujer se siente muy atraída por el hombre, pero éste rara vez la dominará. En los mismos infantes se ve muy claro cómo las niñas son mucho más astutas, y cómo los mangonean a su antojo. Esto no varía con la edad. 







CALZONAZOS
Las mujeres son especialmente hábiles para tergiversar una situación en su provecho, darle la vuelta a un asunto y manipular cualquier circunstancia. Y para hacerse la víctima. Rara vez pedirán disculpas. Al contrario, es sólito y cómico que sea el hombre el que las pida sin haber hecho absolutamente nada. Es frecuente que él acabe pidiendo perdón por el mal genio de ella y la gresca que ella ha provocado. Él sólo desea que pase el temporal y que las aguas vuelvan a su cauce cuanto antes. Si tiene que pedir perdón, lo pedirá. Calzonazos perfecto.
Aunque muchas mujeres sientan disgusto al leer esto (cosa normal), saben que es así. Y es muy posible –mucho- que yo acabe pidiendo perdón por decir todo esto aquí, ya lo vio venir. La actitud de alguna de las chicas que escriben en este blog al saber que yo publicaría una tesis hablando de por qué las mujeres son como son, no deja lugar a dudas de los zarpazos que me esperan (a mí, Desclasado, no a ti). Dejan claro desde un principio que no consentirán que nadie hable nada malo de ellas, las mujeres. Una aptitud que refleja la decidida intención de no estar dispuesta a reconocer ningún defecto en su sexo y la hostilidad con que se abordará la lectura. Contra el hombre puede decirse lo que sea. Bien dicho estará. Pero no contra la mujer. Eso no. Su condición de dominadoras no permitirá insurgencias.