María ejerciendo de tía, cuidando sobrinos. Yo haciéndome el despistado en el ordenador. En general no me gustan los niños. Los "tolero", nunca mejor empleado el término. Qué remedio: son crías de humano, proyectos en proceso de ser persona, debo tolerarlos y portarme, aunque más bien severo, bien con ellos. Vale, bonita parrafada. Pues los niños suelen adorarme, me cago en toda mi estirpe. Deben tener un instinto natural y bajo la capa de ogro gruñón con la que me recubro, ellos ven al niño que fui, el que soy. Joder, pues con las personas adultas me dan resultado las máscaras que uso. Mierda de niños.
María ejerciendo de tía, cuidando sobrinos. Yo haciéndome el despistado en el ordenador. Ya hemos tenido un roce: la niña (Maríaaaa, ¿qué edad tiene tu sobrina?), que tiene 6 años, ha tomado la costumbre cada vez que me ve de empezar a cantar sin parar, como una neurótica: "Os vais a casaaaaar, os vais a casaaaaar, os vais a casaaaaar". Le he respondido: "¡Madre mía, qué pelo de feotona te han hecho!. ¡Juaaaas! ¡Pareces la novia de Frankestein!" Le han cortado el flequillo corto y recto, al tiempo que mantiene el pelo largo. Durante un rato no sabe dónde esconder la cara. La oculta físicamente tras el cuerpo de mi amada. Yo me descojono con su actitud: "¡Mira, si no sabe dónde esconder la cara con ese pelo de feotona que lleva!" Mi amada me mira oscilando entre la risa y el enfado, al tiempo que le dice a su sobrina que esta bien guapa y no le haga caso al tonto de Desclasado, que es un tonto.
Perfecto: puedo seguir haciéndome el despistado en el ordenador. Mierda: se me cuela el niño en el cuarto (Maríaaaaaa, ¿qué edad tiene tu sobrino?), que tiene 9 años.
- Fulanito, salte de aquí que estoy fumando.- Tono ogro aún no descortés, pero apuntando ya maneras.
- ¡Ahí va! ¿Qué es eso?
Tengo un arco apoyado en la pared. Sí, un arco de los indios, de flechas. Es un arco básico, no es de poleas, no es de competición; es un palo y una cuerda, más en plan indigenista que serio. Tengo flechas con punta de ventosa, de juguete. El niño se va disparado hacia el arco.
- Fu-la-ni-to, no to-ques e-so- Tono ogro ya de lo mejor que lo sé hacer: tranquilo, tenso calmado, silabeando, claro preludio de que voy a matarlo con una frialdad pasmosa; de oficio, no es nada personal.
Ni puto caso.
- ¡Es un arco!
Cara de impresionado, toca el arco con respeto, con pasmo, con adoración, cuidadoso.
- ¡Pilarín, ven, mira, un arco!- Llama a su hermana.
Sé que la situación se me ha ido de las manos cuando oigo a mi amada vengativa:
- Ahora os va a enseñar Desclasado a tirar con el arco...
Hija de puta, cómo está disfrutando. Y todo es por corporativismo feminista porque le he dicho feotona a su sobrina. Anda que no viene la niña crecida, dispuesta a que le enseñe a tirar con el arco, vengativa, bruja.
Otro de los arranques feministas que le dan a mi amada es tratar de hacer de su sobrina, claramente su preferida, una especie de Indiana Llons, una especie de Lleims Bon en femenino. Me burlo mucho de mi amada en este aspecto y le digo: "la naturaleza sigue su curso, querida; hagas lo que hagas le vendrá la regla y un día se sentirá muy tonta, o muy triste, y no sabrá el porqué. Inviertes en aire". Nuevo arranque de mal entendido feminismo: me debo preocupar más por enseñarle a la niña, supongo que porque se asume que las niñas son tontitas. Si no hubiese yo sido niño y supiese lo remalas que son las niñas, igual me lo creía, oyes... Bueno, lo cierto es que la niña es más pequeña; en este caso está justificado que me preocupe más de ella.
Pero el caso...
Pero el caso es que tanto la niña como el niño no tienen ni puta idea de manejar un arco. No doy crédito; creía que era algo instintivo, natural, sapiencia inevitable por carga genética heredada. Pues no. Ambos son igualmente ridículos: hacen gestos con manos y cuerpo para que la flecha salga disparada en vez de dejar que la cuerda y una básica ley física hagan su papel. La flecha cae en todos los casos a sus pies, mientras ellos como pequeños chimpancés hacen aspavientos. ¿Qué niños estamos criando? Y estos son sanos y educados, no son pequeños garrulos y los llevan bastante rectos. Les enseño, con paciencia, cómo hacerlo, lo cierto es que el arco es demasiado grande para el tamaño de la niña, y pienso...
Yo fui un niño "de abuela" y tuve una corta carrera de cazador.
Foto al azar para dar ambiente, no soy yo, yo soy de aspecto agitanado, español a más no poder:

Fui un niño de abuela: mis padres trabajaban ambos y me endilgaban mucho con mi abuela. Viuda, vivía en un piso que merece el apelativo de "caserón" a pesar de ser piso. Casa enorme, con miles de rincones donde jugar dejando volar la imaginación. Algunos retratos y fotos a tamaño natural de mi abuelo, que la primera vez que vi una película donde salía Jamfri Bogart me hizo preguntarme: "¡Coño!, ¿ese no es mi abuelo?" De extracción social baja, pegó el braguetazo casándose con el inútil de mi abuelo, que pudo dedicarse a ser artista mientras mi abuela tomaba sin ningún disimulo las riendas del negocio familiar. Mujer premiada en un mundo de hombres, alguna vez ya he comentado que si me dan risa determinados feminismos es porque las mujeres de mi familia son de armas tomar y lo de las "discriminaciones positivas" me suena a cachondeo para competir con semejantes lobas. A los hombres debieran discriminarnos positivamente cuando nos encontramos con estas señoras, con las cuales estamos en total y franca desventaja.
Pues fui un niño de abuela y esta era dura, no exenta de cariño. Sencillamente tonterías ninguna o las precisas.
Yo era muy pequeño y no recuerdo los detalles, así que "deduciré" cómo debieron ocurrir algunas cosas, cómo, por lógica, debieron pasar aunque no tenga el recuerdo preciso grabado en mi cerebro.
Mi abuela era dura y un día que estaba en su casa, donde pasaba días seguidos durante las vacaciones escolares, me llamó e hizo que me asomara a la ventana.
- Mira esos niños jugando al fútbol en el solar. ¿No quieres ir a jugar con ellos?- Una especie de "a volar, pajarillos".
Lo cierto es que me bastaba con mi imaginación para llenar mi mundo de juegos, mis soledades han estado siempre muy llenas de mí mismo y no han sido tales. Y lo cierto es que tampoco he sido nunca cobarde para relacionarme socialmente, pese a mi timidez. Y lo cierto es que debió parecerme una buena idea presentarme a las tribus del barrio, que no era el mío, y hacer amistades.
- ¿Me dejáis jugar?
El pequeño macho alfa era bastante más mayor que yo.
- Estamos justos... ¿Y tú quién eres?
- Desclasado, estoy en casa de mi abuela.
- Es-tá en ca-sa de su a-bue-li-taaaa- El tono burlón indica claramente que no soy bien recibido.
Soy pequeño, pero vivo en este mundo y sé claramente que tengo dos opciones:
1) Largarme, son una tribu hosca o el macho alfa es hosco.
2) Partirle la cabeza, más bien la ceja, al macho alfa y hacerme el jefe natural de la tribu por méritos reconocidos.
Pese a la violencia que parezcan encerrar mis palabras, los niños éramos de goma y una pelea no solía tener más consecuencias que ojos morados "mehecaído", o chichones variados. No era en absoluto raro que fueses posteriormente amigo de con quien te habías pegado. Era "lo normal" y no creaba traumas inventados.
Deduzco que debí valorar que tenía la pelea perdida, así que soldado que huye sirve para otra batalla. Volver a casa de mi abuela humillado: por el forro de los cojones, a ver si me entienden. Y estaba suelto, libre en un barrio desconocido, hasta el anochecer no tenía que volver a casa. Me hice cazador, no fue culpa mía; fue la sociedad que me hizo así.
Ni puta idea de cómo conseguí el palo director, la cuerda y las flechas: ya tenía un arco. Ni puta idea de cómo afilé las flechas para que tuvieran punta letal, deduzco que frotando la punta, dándole forma, contra un bordillo de rodeno.
Y un mercado municipal cercano, cerrado por las tardes, era el paraíso de los gatos-tigre. Primer día fallido, aprendí a reconocer gatos a los que puse nombre: "negrillo", "el viejo", "el blanco", "el tigre" (por la piel atigrada). Los hijos de la gran puta era ágiles, esquivos, huidizos, y mis trampas de hacerme el cariñoso atrayéndolos: "misi, misi", se las pasaban por el escroto y me veían las intenciones a kilómetros. Varias flechas perdidas. Volver a casa sin presa es duro. Tengo escasas posibilidades de sobrevivir si no mejoro mi técnica. Mi abuela me recibe:
- No te he visto jugando con esos niños...
- Es que me hecho cazador.
- Ah, bueno, si es así... queda todo claro- Burla contenida, cariñosa, en los ojos de mi abuela. - ¿Y has cazado mucho?
- Digamos que estoy depurando la técnica...- Yo no hablaba así, deduzco que debí dar una respuesta que no me dejase vencido, que mostrase voluntad de lucha.
En uno de los cuartos, donde habían dormido mi madre, tías y tío, un paraguas viejo metido en un armario viejo. Abandonado, viejo, polvoriento, estaba claro que el paraguas no estaba en uso. Y el paraguas tenía varillas metálicas. Y frotando duro esas varillas contra el rodeno podría sacarles punta.
Después, deduzco, seguiría leyendo en secreto a Blasco Ibáñez, tenía mi abuela casi todas sus obras en la biblioteca y seguiría impresionándome con las escenas crudas de sexo. Cuando mi abuela me preguntaba de lejos: "¿qué estás leyendo?", yo siempre contestaba "Miguel Strogoff" de Julio Verne. Con el tiempo me dijo: "Pues si que te dura el Strogoff, nieto..." Está claro que no se creía nada.
Al día siguiente y los otros mi abuela no tuvo que sugerirme que me fuera a jugar.
Aprendí a ser paciente, sigiloso, aprendí a no hacer ruido andando. Las flechas de varilla de paraguas cada vez se clavaban, en cajones de madera de frutas, más cerca de las presas. Y le di. Le di a un gato gris, atigrado, grande. Le di en el lomo y la flecha, sin clavarse, le levanto la piel del lomo. Sangre, rojo, pasión, la sangre quiere sangre; ganas de más. Nunca he visto un gato desaparecer más rápido. Qué velocidad de huida. Supongo que ya sabía que no hay que dejar un animal herido, que son peligrosos, que hay que rematar la faena. A seguir rastreando el gato. Me agarran de la ropa, por la espalda. Me agarran aún sin agresividad, pero firme la presa. Es una señora mayor. Tiene la cara entristecida. Soy un niño educado y no me suelto y huyo, me muestro conforme, dejo que me tenga cogido y hable:
- ¿Por qué le haces eso a los gatitos, hijo, qué te han hecho ellos a ti?
Toda la vergüenza me cae de golpe como una losa; me mira firme, convencida, triste, cariñosa.
No recuerdo la charla completa y no quiero deducirla, no quiero recordarla y volver, tantos años después, a avergonzarme.
Jamás he vuelto a cazar. No dudo de que si tuviera que hacerlo para comer no me temblaría el pulso. Pero gratis no, no quiero hacerlo, no me gusta.
Algún día los niños hoscos me dijeron: "Eh, nos falta uno, ¿juegas?" y así me introduje en la vida social del barrio. Pero esa ya es otra historia...
El Desclasado cazador de pacotilla ha hablado.